Monstruos bajo la cama

Todos, de niños, hemos tenido temores naturales, lo cual no quiere decir por supuesto que estuvieran justificados. Es normal escuchar hablar del infante que no soporta quedarse en la penumbra y soledad de su cuarto; o de ese que teme recoger el juguete que cayó bajo su cama por temor a que algo raro e indescriptible le atrape.

Si, temores de nuestra infancia, que pueden llegar a crecer o evolucionar y llegar inclusive hasta la edad adulta. Confesando mi caso, he de decir que he desarrollado un temor injustificado a los salones amplios y oscuros (!cuando encuentre un asesino en una habitación oscura y solitaria veremos quién es el irracional!).

A etapas mas mayores, se desarrollan nuevos temores, algunos mas sofisticados o incluso hasta justificables. Hay uno que siempre recordaré y que, no podrán negarlo, experimentamos los católicos inclusive en edades avanzadas; y que representan verdaderos obstáculos a la hora de crecer como personas de oración y vida espiritual.

Me refiero, por supuesto, a la confesión. O mas bien, a los padres confesores (quizás hasta una mezcla de ambas). Los recuerdos son muchos, y bastarán unos cuantos, mejor, uno solo para dejarlo claro:

El primero, estando entre mis 11 o 12 años, cuando la fila de confesiones crecía y el tiempo se encogía, se hacía presente esa terrorífica alternativa. Verán, en mi antigua parroquia habitaban dos sacerdotes bien distintos: el Padre Terrorífico y el Padre Buenseñor . Ambos excelentes sacerdotes, aunque cada uno son sus muy personales formas de actuar. El padre Terrorífico creció en mi mente (y en la de muchos) como el malo de la película. Aquel que si no te daba como penitencia 20 rosarios seguidos, no te  daba nada. Por el otro lado, estaba el padre Buenseñor, un sacerdote ya mayor y simple, quien se conformaba con darte una pronta penitencia para seguir despachando a los penitentes.

Bien, decía antes que, llegado el momento, se presentaba esta opción mas o menos en esta escena: estas tu sentado, esperando tu turno, cuando te das cuenta de que quedan apenas unos minutos para que las confesiones acaben, y aun queda un trecho considerable hasta ti. De repente, y sin conocer que fuerza ancestral te obliga, volteas tu vista hacia la entrada de la iglesia justo cuando el Padre Terrorífico entra lentamente a la escena, y se sienta en una banca esperando a los penitentes rezagados. Queda de mas indicar el fin de la historia, pero resumiendo, un cierto número de niños se levantan y se van (confesando que me incluyo), con la idea de probar suerte en otra ocasión.

Y así fue en mas de una ocasión, aunque declaro dichoso que ese irracional miedo fue superado, y descubierto de paso a un excelente confesor para futuras ocasiones.

Regresando al tema, este es el punto que quiero dejar en claro con respecto a la confesión: nos hemos creados monstruos bajo la cama para este asunto. Si, a pasado, y no me dejaran mentir. Seguramente han tenido esa ocasión en la que, pensando con verguenza de su pecado, deciden posponer indefinidamente la confesión. Gran error, y todos hemos notado las consecuencias, cada quien en su propia y personal experiencia.

Aquí entra una misión para todos aquellos aun estamos en la lucha contra esos monstruos: llevar el verdadero sentido y el maravilloso regalo que es la confesión, y lograr que cada vez mas personas se acerquen con humildad a tan excelso sacramento.

Y también se desvela otra misión para aquellos que no luchan: pelear. Pelear con confianza y seguridad. Pelear por algo bueno y necesario.

Esta es la batalla para nosotros los católicos pue,s si bien la Eucaristía es la base de nuestra fe y la fuente de todas nuestras fuerzas, la confesión es la puerta hacia este gran regalo, igual de necesario y base para nuestra vida como católicos.

Que Dios mediante logremos una mayor comprensión de tan maravilloso perdón, y así logremos ser partícipes del Cielo en la Tierra que se manifiesta en la Eucaristía.

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