De la indolencia

Suenan las campanillas y caen las rodillas al suelo. Lenta, solemnemente comienzan las sacras palabras que obran el más grande y misterioso milagro que jamás se ha concebido: Dios vuelto Pan, Pan vuelto Carne. Dios vivo y eterno, múltiple en la materia empero uno en la eternidad, total en cada parte. El misterio insondable, paradójico y que desafía todas nuestras creencias es obrado frente a los pueblos hambrientos de palabras de vida.

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Y hay un murmullo seguido de otro y de otro. Algunos salen de la parroquia, otros bostezan y unos más platican abiertamente. Hay unos arrodillados, en devoción, en intento de recogimiento; otros parados, quizás heridos o quizás orgullosos. Solo Uno puede decirlo pero cualquiera percibe el ruido, la falta de devoción, la irreverencia; y sucede a los pies de la Cruz.

Oh, esa Cruz bendita que recibió la sangre sagrada del Cordero. Madero redentor, herramienta para la salvación de la humanidad. Los ángeles callaron ante ella y se sobrecogieron y no hubieron cantos ni alabanzas en los cielos pues el Hijo culminó su misión: Dios muerto por los hombres. Pero ¿nosotros? Nosotros reímos, hablamos, murmuramos y nos aburrimos. Pensamos “Ya pronto acabará” o “Tengo mejores cosas que hacer”. Algunos meditan en sus preocupaciones y otros meditan en sus alegrías. ¿Cuántos meditan en la muerte de Dios?

¿Qué sucedió? Hubo un tiempo en el que los pueblos se estremecían con esas palabras. Hubo un día en el que toda la creación contuvo la respiración ante el último aliento de Aquel que es el Siempre-Vivo. Y hubieron quienes murieron para vivir por las palabras de Él que es toda palabra dicha: “Este es mi Cuerpo, esta es mi Sangre”. Y ahora hay murmullos y hay desinterés y no hay creencia.

“Yo soy Yo Soy”, el que ES. Y nadie presta atención. Dios, mendigo de amor, vuelve al mundo en las manos de un hombre indigno y entrega su Carne preciosa y su Sangre divina para la salvación de los hombres, la muestra de amor más grande, dar la vida por los amigos, y no hay quien le reciba. El Amor no es amado, el Amor es ignorado, y en la cumbre de esta ingratitud resuena aún la voz suave del Amante diciendo “Yo te amo aunque tú no me ames”. La voz viene de la Cruz, llena de dolor pero lo dice una y otra vez. Y por sobre todo esto permanece la propia culpa. Aún nosotros que observamos dolientes la indolencia de las gentes somos nosotros mismos indolentes del sacrificio de la humanidad. Presa de la realidad material, cerramos los ojos a la realidad espiritual y la condenamos a ser objeto de tedio.

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¿Quién puede salvarse de este mal? Es una enfermedad que nos aqueja a todos. Perdida la capacidad de maravillarse, nos agobiamos ante la Maravilla misma, ante el epítome de toda Belleza. Y  en el misterio mismo de la vida, en el centro del Amor que salva, somos como bestias ante una Última Cena o un , y solo recobraremos ese amor y ese pasmo ante tan magno misterio cuando recobremos el regalo del arrebatamiento.

“La belleza salvará al mundo”, y para apreciar la belleza hay que ser místico. Solo el místico observa el rostro glorioso de la Belleza, percibe a la Verdad y ama al Amor. Solo el místico tiene acceso al misterio de Dios en quien se encierra la realidad total de las cosas.

“El cristiano del mañana deberá ser místico o no será nada”. El mañana es ahora y este es el tiempo de los místicos y de los mártires. Solo entregándose a estos caminos se penetrará en el misterio del Pan.

La maravilla de lo inconcebible

“Do you really believe that when a priest blesses a wafer, it turns into the body of Christ?” he said, ridiculing Catholics. “Are you seriously telling me you believe that?  Are you seriously saying that wine turns into blood?”

La inspiración llega de maneras curiosas, en ocasiones bajo la advocación de un rayo de luz a través de una nube, quizás como las palabras de una madre a su hijo encabritado, puede incluso que brote en el fragor de una discusión. En esta ocasión, vienen de las palabras que no dicen nada de una bloguera estadounidense a las que les remito.

Uno de los misterios principales de nuestro catolicismo es el siempre increíble sacramento de la Eucaristía. He de admitir que nunca terminaré de entender ese gran misterio (dudo que alguien lo haga) y que siempre, invariablemente a menos de que sea, por gracia divina, eliminado en mi; vendrá la duda o la incertidumbre ante tan gran verdad. Y sin embargo, observo con la fuerza con que me golpea, la manera en la que seduce mis sentidos y entumece mi entendimiento, abriéndome el corazón para que lo acepte y lo contemple.

Primero esta el hecho de Dios vuelto hombre, tan excelso, tan magnánimo, tan infinito y perfecto, se ve rebajado a una naturaleza tan baja como la nuestra para la salvación de seres tan viles como nosotros ¡INCREÍBLE! ¿Quién podría aceptar sin problemas esa verdad! ¿Quién será capaz de entenderla! Una verdadera maravilla, un verdadero milagro, una gracia infinita y nunca meritoria por nuestras propias fuerzas, y sin embargo tan real como nuestra propia existencia.

Y luego, siempre con sabiduría y a sabiendas de su misión, nos deja un regalo igual de maravilloso, igual de increíble en el sentido exacto del término: permanece con nosotros encerrado en un pequeño pedazo de pan. ¡Sublime! Empero, aterrador. La sola idea de tener a mi Dios presente, vivo y entero, su Cuerpo y Sangre, su Alma y su Divinidad, todo Él hecho pan y hecho vino, llena mi corazón de temor y me hace preguntarme “Señor ¿qué somos nosotros tus siervos para merecer tan gran regalo?”

Tan lleno de amor y a la vez tan vulnerable, se entrega para padecer por nosotros. ¿Cuánto dolor no hemos de sentir ante comportamientos impropios hechos frente a su hermosura? ¿Cuántas lágrimas no habremos de derramar por los terribles sacrilegios que tiene que soportar? ¿Cuánto pesar no inundará nuestro semblante por comuniones tan indignas? Y sin embargo,Él se nos entrega para un nuevo suplicio sabiendo el mal del que somos capaces. Es una muestra de amor tan grande que no puede ser contenida por el pensamiento ni por el corazón del hombre.

La sola idea de algo tan grande y tan nuestro, no por merito si no por regalo, me hace elevar mi corazón en alabanza por tan magnífico Señor, y pedir tribulaciones en reparación de tan terribles tratos que ha recibido, recibe y seguramente recibirá.

Pronto empezaremos la Semana Santa, y recordaremos (con dolor, ruego) las implicaciones y los motivos que llevaron a Cristo a una muerte de Cruz. Pero no hemos de dejarlo en eso, pues hemos de recordar lo que nos ha regalado para el cumplimiento de su y nuestra misión. Hemos de recordar y restaurar la belleza, profundidad y maravilla de este nuestro gran misterio, adherirnos a el y ser dichosos en su conocimiento. Portemos con orgullo el estandarte de nuestro Señor Sacramentado, e incendiemos el mundo con su luz de verdad y de amor.

Que encontremos el Cielo en la Tierra y habitemos en el durante los sagrados momentos de la Consagración.

 

Como una hormiga

Tengo un gusto muy desarrollado por la naturaleza, lo cual deriva en mi capacidad de contemplar con detenimiento un aspecto de esta por largo tiempo. Hace unos días, cuando me disponía a tomar un baño, observé en la tina una imagen un poco curiosa, o al menos eso me pareció al momento: una no muy pequeña hormiga intentaba escalar las paredes de la tina para poder salir de su cautiverio. He de confesar que me pareció gracioso y que decidí no intervenir para observar cuanto tiempo le tomaba abandonar el fondo de la tina.

Pasó el tiempo y la hormiga, cuando lograba llegar al borde de la tina, volvía a caer irremediablemente hasta el fondo. Una y otra vez intentó subir hasta la cima, y cada vez cayó hasta el fondo sin poder evitarlo. Al final, logró escalar la pared, y aunque parecía ya libre, esta libertad fue momentánea. Esta empezó a caminar justo por el borde de la tina, mientras yo miraba con cierto disgusto por su imprudencia. Por supuesto, esta no tardó en caer nuevamente hasta el fondo. Allí entré yo, cansado de observarla en su obstinación, que decidí ayudarla a salir, así que le dispuse una pequeña plataforma e hice que trepara en ella para poder dejarla en el suelo. No fue poca mi molestia al ver como, con toda muestra de obstinación, esta volvió a escalar la tina para caer nuevamente al fondo e intentar escalarla de nuevo.

Muchas veces nosotros, como seguidores de Cristo, adoptamos esta postura de hormiga renegada: cuando estamos en el fondo del pecado, en el valle de la desesperación y de la lágrima, intentamos con todas nuestras fuerzas escalar las empinadas paredes para poder llegar a la cima de la virtud. Una y otra vez nos levantamos casi victoriosos sobre nuestros errores, pero al final caemos irremediablemente hacia el profundo abismo de nuestra maldad.

Como la hormiga, necesitamos en una gran ayuda: la gracia divina. Sin esta, nuestra lucha se descubriría como necia pues sería un continuo subir para caer. Dios es el agente que nos da esa fuerza para poder escalar la montaña de la tentación y llegar así la cima de la virtud. Por supuesto, y como todos sabemos, no son pocas las veces en las que Él nos da la fuerza para poder escalar dicho monte, y si bien, con su ayuda salimos airosos en el ascenso, nuestro orgullo o quizás nuestra estupidez nos mueve a recorrer el filo de la cima, para caer una vez mas hasta ese viajo rival, a ese valle de pecar.

Dios, sin embargo, no se cansa de ayudarnos, y nos ofrece una ayuda mucho mas grande aun: como la plataforma que le ofrecí a la hormiga, Él nos da los sacramentos para rescatarnos con sus manos de este valle, especialmente la confesión y la Sagrada Eucaristía. Nos sube en su cruz y nos lleva hacia la cima para que podamos contemplar ese hermoso mundo llamado Santidad. Pero, ah, nuestra vileza es tan grande que en tantas muchas ocasiones despreciamos estos hermosos dones tan gratuitos y tan benignos.

Es imperante que, nosotros católicos, recuperemos el sentido de nuestra fe, de nuestra alegría. Estamos aquí para la santidad, es momento de tomar las armas de Dios y convertirlas en parte de nuestros cuerpos y nuestras mentes: que la confesión sea para nosotros como nuestra conciencia, y la Eucaristía como nuestro corazón. No seamos hormigas necias, si no corderos mansos y fieles al pastor.

Que, Dios mediante, encontremos la luz renovadora y siempre nueva de los místicos sacramentos.