De místicos y juventud

Hace unos meses, a mediados de Mayo, si mi memoria no me engaña, llego a mis manos un libro muy interesante llamado “Con los pies descalzos”, una obra biográfica sobre Santa Teresa de Jesús (o de Ávila), Doctora de la Iglesia y mística española. Y digo que fue una bendición porque abrió un panorama totalmente nuevo para mí: la vida mística.

Increíble el desconocimiento tan grande que padecía de esta dimensión, pero que convencido quede de su necesario ejercitamiento en toda persona.

Pero ¿qué es el misticismo desde la visión católica? Curiosamente hoy me encontré con un artículo sobre el Carmelo y su espiritualidad y de allí recojo esta frase que uso a propósitos de definir: “[…] el nexo intrínseco entre la Trinidad y todos los demás misterios humanos” (1).

Bien lo decía Santa Teresa al llamar a su Majestad “el dulce huésped del alma”.  Aquel que poseemos “por creación, por gracia, por unión” (2). Y ¿Cuántas veces nos olvidamos de esta hermosa realidad? ¿Cuantas veces buscamos al que Es entre cosas exteriores? ¿Cuántas veces olvidamos tornar sobre nosotros mismos para descubrir a tan buen Señor cuidándonos desde lo profundo?

Como joven, veo la dificultosa tarea de llevar a Dios ante el mundo. El miedo, la vergüenza pueden ser fuertes obstáculos para cumplir con nuestra misión de apóstoles. Es aquí donde veo la ayuda de aquellos grandes místicos de antaño.

¿Cuántas veces no nos encontramos divagando en medio de una oración, de una misa o hasta adoraciones? Común ¿no?  A veces pareciera que no sabemos rezar o que no tenemos la capacidad para mantenernos en la oración. Inclusive puede llegar a ser un “deber” pesado y que vuelve cansado el día a día.

Ante esto, mi solución es regresar a ellos, los santos, que han vivido de manera heroica a Cristo, y más en específico a aquellos grandes místicos que han disfrutado del regalo de la comunión del alma con Dios en un nivel superior. Y es que su vida, sus escritos y sus reflexiones pueden servir de guía para evaluar el estado de la propia alma y la condición de la oración que se maneja.

Como católico en proceso de formación, creo firmemente que la juventud es la clave para el futuro de la Iglesia. Si tenemos una juventud arraigada en los valores cristianos, entonces tendremos una Iglesia fuerte y hasta una mejor sociedad. Por el contrario, si tenemos una juventud nacida del espíritu del mundo, tendremos una Iglesia débil y arrinconada contra la pared.

Por eso, retorno a los antiguos conocedores de la espiritualidad. Ellos, a través de su vida, de su humildad, de su sumisión a Dios y de su obediencia, dan una refrescante probada de las realidades espirituales bien dirigidas y gratuitamente proveídas por Dios.

Lamentablemente, se ha dado un fenómeno que hace ver a la oración, la vida espiritual, como algo del pasado. El hombre de hoy se ha dejado seducir por las viejas promesas  de poder, de conocimiento (“[…] entonces ustedes serán como dioses y conocerán lo que es bueno y lo que no lo es.” Gn 3,5) y ha intentado satisfacer su sed de Dios en los manantiales máculos del pseudo-espiritualismo, basado en teorías antropocentristas y que solo sirven de “relleno vacio” para el alma. Este es el ambiente en el que nos movemos, los peligros a los que nos enfrentamos y los retos que se nos presentan, no solo a los jóvenes, si no también a adultos y hasta a los niños.

El humano esta sediento de estas realidades espirituales y esto es un hecho. Aún más la juventud, cansada cada día más de aquellas promesas vacías que ofrece la sociedad. No dejemos que estos hijos de Dios caigan en un mundo de superficialidades y vanas realidades. Nosotros conocemos al Verbo Encarnado y somos partícipes de su bendito misterio. Por su Gracia debemos compartir tan gran alegría que lleve a la adhesión en la totalidad del humano a Él, unión plena del espíritu y del cuerpo.

“Por sus frutos los conocereis” (Mt 7,16) se ha dicho y en verdad que es necesario ver los frutos. Ver a un joven arrodillarse con adoración ante la exposición de una Sagrada Forma, escuchar la emoción de una madre ante un hijo que encuentra fascinante la celebración de una Hora Santa, el sacrificio de dar horas de sueño por pasar una velada en oración, meditación y contemplación con tan buen Señor, siempre es un aliento que renueva los deseos de servir y de formar en Cristo. Y el hecho de que se llegue a estas realidades en los jóvenes a través de la espiritualidad hacen que deposite mi fe y esperanza en esta.

Siempre me lo han dicho, desde niño y durante mi adolescencia. La oración es la herramienta mas poderosa que tenemos contra el Mal. Y ahora lo veo mas claro que nunca. En la oración encontraremos la fuerza, los deseos y la comunión con Dios de las que estamos tan sedientos, incluso si nuestro entendimiento no es plenamente consciente de ello.

Es por eso que invito a todo católico, joven o no, formador o no, a retornar sus ojos a la oración fervorosa, la meditación de las Sagradas Escrituras, la contemplación de los misterios de nuestro Señor y al estudio de estos personajes, sus escritos y sus vidas, los grandes maestros, legado de nuestra Santa Madre y que nos darán pautas para entender nuestro espíritu y nuestro papel en este drama de la Salvación. Sé que más de uno encontrara las herramientas necesarias en ellos para llegar a una unión más completa con Cristo Rey y con su Santa Iglesia.

Esperando en tan Magnifico Señor, les deseo las más gratuitas bendiciones.

[1] Mons Berzosa, Zenit, 2011

[2] San Juan de la CruzPágina