Símbolo del Dios que vive en mí

“A su imagen los creo”. Una oración y el horizonte de la realidad humana se abre a tal grado que desborda al hombre mismo, lo engolfa y lo supera. A imagen del Dios que Es fuimos creados, a imagen de lo divino; nos enaltecieron por sobre nuestra naturaleza y nos hicieron como dioses.

Van der Leeuw, en su Fenomenología de la Religión, retoma la idea de la imagen, del símbolo, no como una asociación mecánica nacida de la reiteración, sino como una verdadera comunidad entre lo representado y lo representante; una unión que va más allá de lo asociativo, que penetra y transforma ambas realidades. Somos imagen de Dios, pero no como la grafía “2” es imagen de un concepto abstracto y de abismal lejanía entre lo significante y lo significado. Este “ser imagen”  del que habla va mucho más allá, casi rozando con la primera tentación: el deseo de ser como dioses. Somos imagen porque somos. No nos quedamos en la representación, en la imagen desmerecida de una realidad distinta, sino que nos volvemos esa realidad que es distinta de nosotros, pero a la que se nos da acceso. Como con la Eucaristía, que no solo es representación del Cuerpo de Cristo, sino la realidad humana y divina del mismo Señor, su totalidad, su ser; todo esto contenido en un pedazo de pan. Dos realidades distintas, dos esencias dispares, echas una sola imagen, un solo ser; esto siendo muy distinto del deseo de ser como dioses: aquí no hay elección, se nos da el regalo y solo queda aceptarlo por la humildad del alma ante su señor.

Por eso debemos entender esa frase tan oscura del Génesis de esta forma: no somos imagen de Dios en virtud de un cierto número de características que nos hacen símiles o de una decisión personal y en abierta contradicción con la voluntad divina; somos su imagen porque somos Él mismo aún sin llegar serlo y por total gratuidad de Él que es vida. Como la Eucaristía es Cristo mismo sin llegar a serlo y solo por la generosidad divina; así nosotros somos Dios sin serlo y compartimos su naturaleza sin perder nuestra individualidad: somos entes separados del Ente, pero unidos por una especie de consubstancialidad semejante a aquella que une a las Tres Personas Divinas. Y sin dilatarmos en el horizonte de Dios, como Cristo mismo no se dilata en el horizonte del Padre o del Espíritu; nos unimos a él, a su horizonte, sin perder nuestro espacio, nuestra realidad, pero buscando ese plenitud que solo se encuentra en la unión de los horizontes, pero no en su fusión.

Alter Christus, otro Cristo. La vida cristiana puede resumirse en ésta búsqueda: ser otro Cristo para todos, convertirnos en ventanas del Amor de Dios, transmitir su misericordia, su justicia, su sabiduría. Porque al final, la santidad es eso: convertirse en una perspectiva de Cristo, vivir conforme a su ejemplo, siguiendo sus virtudes, pero sin agotar su Persona. Y por esto es que la Iglesia es su Cuerpo Místico: porque en la unión de horizontes, en la vivencia personal de cada uno, en la apropiación de los atributos de Cristo es que nos conformamos, como familia, en verdadero Dios para el mundo, en testimonio vivo de Aquel que habita en nosotros.

Cada uno de nosotros es símbolo, imagen del Cristo que contiene toda la existencia, cada uno es Él en un sentido muy real, al menos en potencia. Pero no alcanzaremos la plenitud de esta unión más que como familia, como miembros de un mismo cuerpo. “Que todos sean uno: como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros”.

Dichoso aquél que ama a su hermano, pues él ha conocido al Dios que habita en lo profundo de su alma, y él se ha hecho uno con Aquel que es eternidad.

Conmemoración de todos los Santos

Y nuestros rostros serán de crucificados.

Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios los creo, macho y hembra los creo. Y tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna.

El hombre que proviene de Dios es imagen y semejanza del dios del amor, de aquel que es Amor. Su dignidad se eleva por sobre los reinos de la Tierra y ni las estrellas del cielo ni las arenas de los océanos podrán servir para contar el valor inestimable con el que ha sido coronado, hijo de Dios.
Mas bajo la noche deambula un hombre de calle en calle y de miseria en miseria vestido con los remanentes de aquellos más afortunados, comiendo las sobras de los restaurantes o viviendo de la limosna de aquellos cuyos corazones se enternecen ante la miseria de otro y regalan aquellos preciados centavos de los que pueden prescindir o aquella ropa ajada o que ha dejado de venir. Almas encendidas en el amor. Y junto a él pasa una mujer de ropa ligera, con rímel en los ojos y labios encendidos en un rojo intenso. De sus ojos se desprenden los destellos de un alma entristecida, de una vida no escogida, y en su piel se exponen las cicatrices y los hematomas dejados por el último hombre amado y que pagó, del último trabajo que le permitió una comida más, un día más de existencia. Y la gente que la observa la juzga desafortunada o aún libertina, y su nombre nadie lo conoce, ni aún ella lo recuerda.
Los pequeños hijos de Dios que deambulan bajo la noche oscura, velada la luz del Rostro Divino, perdida la misericordia del Amor, el consuelo del Amigo, el calor del Padre y la ternura de la Madre. Perdidos para siempre, olvidados, resentidos, lastimados, rotos. Y no hay un alma que los ame, que los cuide, que les hable y los recuerde. Sombras bajo la oscuridad de la noche que pasan por la vida sin un nombre, sin un rostro, y que abandonan el mundo en la soledad del invierno y cuyas tumbas caen ruinosas y olvidadas.
Que no se acerque al Dios vivo quien no ama a los hijos olvidados de Dios, que no finja rectitud ni bondad, ni sinceridad ni fidelidad, ni pretenda la salvación. Que nosotros, los hipócritas, callemos el nombre de Dios pues nuestras bocas estarán llenas de iniquidad y no seremos sino sepulcros blanqueados, pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve.
Una luz divina yace en nosotros pero aún la luz más brillante puede morir ahogada entre el egoísmo. Quizás sean estos tiempos de oscuridad, en cuyo caso solo la Gracia nos traerá la libertad. Y quizás entonces veremos lo verdadero e increíblemente divino que hay en cada uno de nosotros, el rostro de un crucificado, un rostro cuya faz debe percibirse antes que nuestra faz.