El Dios mendigo

Durante mi permanencia en la Iglesia he tenido varias oportunidades para experimentar el llamado “boteo” en favor de distintas causas. En esta ocasión, participé en la colecta en favor del Seminario. Sin ser esperado, y venido como de una luz divina, se reveló ante mi la situación en la que muchas veces se encuentra Dios.

Se podría decir que cuando pides colaboraciones monetarias en las calles, te encuentras con 4 tipos de personas: 1)quienes gustosos e incluso animando a uno, dan agradecidos, 2) quienes dan lo que les sobra, con cierta reticencia o falta de intereses, 3) quienes prefieren no dar y así lo expresan, y 4) quienes ni la mirada dirigen.

Por supuesto, uno llega a sentir tanto alegría como molestia ante los distintos tipos de personas que van pasando, algo perfectamente normal en un humano común y corriente. Pero hay otro ángulo mas escondido y que no solemos tener en cuenta siempre: nosotros somos, en muchas ocasiones, los 4 tipos de personas en uno para Dios.

Él, que sale primero a nuestro encuentro, en muchas ocasiones va de puerta en puerta, de corazón en corazón, pidiendo una limosna de amor y ofreciendo una sonrisa de salvación, pero nosotros, humanos imperfectos y malvados, en muchas ocasiones nos comportamos como los últimos dos, negandonos a dar nada, o incluso ignorando por completo. ¡Que doloroso ha de ser para el supremo amor recibir tal respuesta! Y sin embargo, ahí va, de corazón en corazón, sin desanimarse y sin mermar en su lucha. Pidiendo cuantas veces permitamos que se acerque.

En otras ocasiones, nos comportamos como los segundos, dando de lo que nos sobra. Ya hace un tiempo escuchaba decir que es muy fácil dar la ropa que ya no usamos, la comida que no queremos, el tiempo que no hemos ocupado; pero que el verdadero sentido cristiano es dar de nuestra mejor ropa, invitar a la mesa a quien tiene hambre, y sacrificar nuestro tiempo en la escucha del corazón lastimado.  Esto es aplicable a la perfección con Dios, solo falta recordar esos momentos en los que sabemos que debemos hacer una oración, asistir a una misa o simplemente recordar a Dios, pero lo desterramos de nuestras cabezas por estar “muy ocupados” y nos contentamos con decir que “cuando tenga tiempo le atenderé”.

Sin embargo, hay un último tipo de persona, y es la que mas alegría dar conocer, y estos son los que, con alegría, se comprometen con lo que creen. Fueron pocas personas, si, pero fueron las que encendieron la llama de mi alma cuando se apagaba tras la, sinceramente, falta de humanidad que movió a muchos al ignorar a otros. Estos que, con una sonrisa sincera en sus rostros y con verdadera confianza y deseos de animar, daban no solo una contribución monetaria, por pequeña que fuera, si no también una sonrisa, un momento de amor cristiano, un reflejo del amor de Dios.

Bien decía Él que con solo un justo que encontrara en Sodoma y Gomorra perdonaría a toda la ciudad. Hemos de creer entonces que con un solo justo que habite en nosotros podemos llegar a salvarnos.

Por último, una observación a nivel humano: la felicidad esta, verdaderamente, en dar. Dejando de lado cuestiones monetarias, el dar llena a uno, pues solo vaciándose de la propia comodidad podrá entrar la comodidad de Cristo en nosotros. Rostros alegres son los rostros de la Iglesia, de los católicos, pues en el dar es en lo que nos ejercitamos.

¡Ah! Y se me pasaba, hay un quinto grupo de personas: aquellos que no tienen que dar. Sería bueno que, aprovechando este sentido de regalar, dieramos un poco de lo nuestro, de nuestra fe, nuestra esperanza y amor; a aquellos que sufren de su pobreza.

Bendiciones en Cristo.