Levántate y toma tu camilla

Llega un paralítico al Señor con fe y esperanza de recobrar sus piernas, y alcanzándolo, cuando por fin puede ver al Hombre que abrió los ojos del ciego y que levantó a los muertos de su lecho, estando en lo profundo de su alma la esperanza de sanación, de dejar atrás lo que fue y no volver nunca la mirada, este mismo señor le llega con lo inesperado: “¡Animo!, hijo, tus pecados te son perdonados”. ¡Qué descorazonador para el paralítico! Buscando sanación se topa con perdón. ¿Y qué es este perdón, de todas formas? ¿Quién es este hombre para perdonar mis pecados? Porque puede sanar, puede revivir, puede predicar, pero solo Dios perdona, solo él limpia mis culpas.

Christ healing the paralytic - Murillo

¿Qué es más sencillo, decir “tus pecados te son perdonados” o mandar “levántate y vete”? ¿Qué es más fácil en verdad? Porque el hombre es débil y fácil de impresionar, y cuando cree, cree porque ha visto. ¡Dichoso aquellos que creyeron sin ver, Tomas! Y por la incredulidad es que obró las maravillas del cuerpo, y para que la fe no cayera en el camino fue que curó al paralítico, abrió los ojos del ciego y dio vida al muerto.

Como aquel Pedro que caminó en las aguas, confiando en que sus pasos le confirmarían en la fe que profesa a su Maestro pero, perdiendo esa fe, se hundió entre las olas que la tormenta arrojó contra su barca; como el paralítico que buscaba sanación y solo encontró la desolación del perdón que no quería; así es el hombre: no sabe lo que le conviene, no entiende lo que pide, no busca lo que le aventaja.  Y cuando se le da, cuando la gratuidad del amor de Dios le hace las mercedes que le aventajan, que debe pedir y que le convienen, entonces duda y lo llama blasfemo por dar lo que no se le pidió.

!Sana y vete! ¡Mira y cree! Dichosos los que sin ver creen, pero para tí que no crees, mira y comienza a tener fe. Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa. Levántate y toma el símbolo de tu pasado, llévalo a tu hogar, a tu intimidad, y medita en las obras del Hombre que te devolvió el andar porque tuviste fe para recobrar tus piernas, pero ante la salvación de tu alma poca confianza le guardaste. Camina, pues, pero no olvides la camilla de la que Él te levantó. No pierdas la fe que Él plantó en tus entrañas. Perdiendo de vista esa camilla, olvidando las aguas cerradas sobre ti, la tempestad implacable sobre tu rostro, la desolación de un madero y dos cuerpos pendientes a sus costados, así mismo perderás la fe que te sacó del mar y que te devolvió los pasos. Y no sea que, en perdiendo esa fe, pierdas también ese amor que incendió tu alma al encontrarte con ese magnífico Señor.

Toma tu camilla y vete. Toma tu pasado y recuerda. No olvides que pecador te encontré y te amé, y que en amándote encontré el perdón que necesitabas. Recuerda que tus pecados te fueron perdonados y que ahora caminas libre. Anda, pues, y realiza las obras que me placen. Usa los pies que te devolví para proclamar mi nombre. Mira esa camilla y no olvides que compré tus caminos a precio de sangre.

Amar en el Valle de Lágrimas

“Dios es Amor”. Si amamos, amamos en Dios. Es a Dios a quien damos a través de nuestro amor. Porque Dios es amor es que el amar es la más alta misión del ser humano, y él es capaz de amar porque está hecho a “imagen y semejanza” de Dios, es decir que tiene la capacidad de amar. En cierta forma, el hombre es Dios (o divino) en la medida en la que ame.

Entonces la medida del amor del hombre es Dios, y “no hay amor más grande que de aquel que da la vida por sus amigos”, y Él entregó a su propio hijo para la salvación de todos los hombres, a los que llamó amigos. Su amor sin medida es la medida de nuestro amor, y por tanto nosotros debemos entregarnos por la salvación de todos los hombres pues eso es amar sin medidas.

Nuestro amor es una cruz que nos impulsa a buscar la salvación de las almas. Y esa misión es semejante a la de Cristo en cuanto a que no miramos pecados, ofensas, debilidades, fallas, etc.; sino que solo vemos el corazón de los hombres, un corazón hecho por Dios y para Dios,  y que no reposará sino hasta estar en Dios. Nuestra misión es llevar ese Amor a todos los hombres. Amar con ese fervor. Entregarse con esa radicalidad. Ser para los hombres, vivir para servirlos, amarlos y buscar su salvación.

Pero amar es la más difícil de las acciones del hombre precisamente porque es volverse divino. Amar con locura, amar como Dios, es abandonar todos los prejuicios, desprenderse de los gustos, olvidar el orgullo y adoptar la indigencia del hombre con el mismo amor con que Dios adopta nuestras propias miserias. Por eso primero veo mi interior y reconozco mis culpas, las entrego a Dios y dejo que Él actúe sobre ellas. Luego mira a mis hermanos, reconozco sus culpas y las entrego a Dios para que él actúe sobre ellas de formas que desconozco. Así yo amo como Dios ama. Así es el verdadero amor del cristiano. Así no modelo mi amor según mis deseos sino según los de Cristo.

Así se ama en el Valle de Lágrimas, en la tierra de los desposeídos: con locura, sin reservas. Los defectos no lo afectan, los pecados no lo disminuyen. Las almas brillan en los ojos del amante porque el Amor de Dios las transforma, y amarlas es entregarlas a ese Amor.

Así se ama en el Valle de Lágrimas: dando la vida por los santos y los pecadores. Viendo a Cristo en cada rostro. Como Dios ama a sus hijos pródigos.

The Return of the Prodigal Son

Ascetismo para el hombre

Estas son las verdades del hombre que vive en el mundo: el goce torcido de la carne, las necesidades viciadas del cuerpo y la asfixia del espíritu sometido.

La carne es dueña del hombre, a ella dedica su vida: sus goces son la ofrenda que hace con su vida. En las calles de la ciudad pueden verse las imágenes que venden mil placeres: los del hambre, los de la diversión, los del sexo. Son mil afiches brillantes que deslumbran y embriagan con su promesa de dulce placer y de satisfacción. La carne es, para el hombre que vive en el mundo, la promesa misma de diversión, el sendero hacia lo bueno que la vida tiene por ofrecer. Solo ella satisface, solo sus deseos son los verdaderos.

Pero en el principio la carne no fue codiciosa. En sus orígenes no buscó los placeres de la comida ni a las diversiones banales. En el principio la carne vino de Dios y a Él se dirigió. Y entonces tenía necesidades, y las satisfacía; y había goce en el hombre que seguía a Dios y veía todos sus apetitos bien alimentados. Entonces la carne era buena, era justa, y sus pocas necesidades fueron causa de salud y bienestar. Pero ahora sus necesidades son muchas y ninguna: muchas pues está hambrienta y siempre busca satisfacción, y ninguna porque no se satisface y termina devorándose a sí misma. Acumulando placeres, se llena de hambruna, y la carne olvida las razones de su existencia.

Junto a la carne fue hecho el espíritu, y en el principio anduvieron juntos. Pero el espíritu cayó primero, pues fue orgulloso,  y atrajo hacia sí mismo la tiranía de la carne. Y cuando abandonó a su Señor adoptó los bienes que el mundo ofrece: mil placeres y ninguno. Entonces la carne fue guía del espíritu, y él se sintió asfixiado por los goces mundanos pues no fue hecho para la carne. Así vive el hombre que se sumerge en las profundidades del mundo e ignora que tiene un alma. Así vive el hombre que abandonó cordura y santidad por la asfixia del mundo.

Estas son las cosas de las que habló el asceta: la negación de la carne, el olvido de uno mismo y el triunfo del espíritu.

Los primeros eremitas negaron los placeres de la carne. Subieron a las altas montañas en la soledad que solo su Señor habita, y bajo el testimonio de las estrellas cultivaron la penitencia y el sacrificio. El hambre ya no les tocó pues lo sufrían por Dios. La sed ya no los desgastó pues bebieron de la fuente de Agua Viva. Los placeres ya no existían para ellos, todo era Dios y su voluntad, y su alimento era la Luz Divina que desciende sobre el hombre que abandona todo.

Al olvidar su carne, se olvidaron de ellos mismos. Al descuidar sus necesidades se liberaron de aquellas cosas que atan y no sueltan, que distraen y no edifican, de las fauces rojas del vicio y la carga. Ya no vivían para ellos sino para el mundo, pero sin entrar en el mundo. Los monjes comenzaron esta vida en comunidad: una vida que empieza muriendo para el mundo y renaciendo solo para Dios. Se hicieron prisioneros en un país de esclavos para ganar la libertad de los hijos del Espíritu.

Sin cadenas, ¿quién puede estar prisionero? Sin ataduras, ¿quién permanece postrado en tierra? Pues estos hombres se ataron a las carencias de la vida, y atándose se libraron de las redes del mundo. Y postrándose sobre el frío suelo del templo de Dios se levantaron señores de sí mismos, dueños de su propio cuerpo, reyes y reinas en el Reino de Dios. Hombres de espíritu que vivieron de acuerdo al Espíritu, en la libertad del Espíritu. El triunfo del alma sobre el cuerpo y sobre el mundo. Ellos fueron levantados de la tumba por gobernarse con rectitud y justicia y ahora se sientan a la diestra del Padre.

Este es el camino del místico de este siglo: privación, trabajo y oración. Porque el hombre de este siglo olvida qué es carecer, su trabajo es afanarse por las cosas de este mundo y la oración se perdió entre las horas de trabajo, de estudio y de amistad. Y ya no levanta los ojos al cielo ni baja la mirada a la tumba, olvidando el propósito de su existencia y el rostro de su Señor, y negando el destino último de toda historia humana.

Quien quiera seguir el camino de perfección aprenderá de las privaciones. Teniendo tanto, buscara poco. ¿Qué hombre no es esclavo de sus bienes? ¿Qué hombre no sirve a su trabajo en vez de trabajar para servir mejor a su hermano? ¿Quién puede vivir su día sin los pequeños placeres o las ayudas sencillas que facilitan el tránsito diario? El moderno asceta negará todo esto y, como los monjes de antaño, se retirará hacia su desierto interior, dejando fuera todas las cosas que hagan carga. Encontrará en las pequeñas negaciones y en los sacrificios sencillos el camino a la santidad que tanto ansía e irá dejando en el sendero lo que estorba y no ayuda, lo que pesa y no aligera.

Los ascetas abandonaron el mundo para orar. Cristo mismo se alejó del mundo para orar. El hombre de este tiempo que busque a Dios se volverá un asceta dentro del mundo y hará de su vida una oración viviente. Se recogerá en lo secreto de su alma, escuchará ahí la tenue voz del su Señor y crecerá en amor y santidad, y su vida será un reflejo del Dios Viviente que habita dentro de él.  Todo cuanto fueron los ascetas brotó de esta espiritualidad: su sacrificio, su trabajo, su amor.  De todos los caminos que el hombre moderno debe de emprender, el ascenso hacia la oración es el primero y el más importante: la puerta hacia el nuevo monasticismo que su alma tanto desea y necesita..

El hombre y la tragedia de la vida

En los caminos del mundo, uno se topa con mil rostros dispares. Hombres y mujeres laborando, niños que juegan bajo el sol, ancianos que escuchan y hablan de los días pasados. Son miles los rostros que transitan las avenidas de las ciudades, que mueven las dinámicas del mundo, que viven y dejan detrás a la vida. Y en sus rostros yace la vieja marca que crece día con día en sus corazones: la marca de la tragedia, del dolor, de la desesperanza, de la injusticia.

En tragedia nacieron, cayendo de la más alta cumbre hacia la más profunda humillación y el dolor más terrible. En tragedia anduvo el hombre, tropezando en el camino que sube hasta el Monte de Dios como el niño que se niega a aprender a caminar, tropezando y retrocediendo y desviándose. En tragedia vive, olvidando el rostro de su libertador o escupiendo en las heridas abiertas como pago por su sangre.

La vida del hombre es una tragedia sin igual del que solo se escapa por el camino de la Cruz, y no escapándose, se vive y se muere en ella por decisión del alma ingrata. Pero huyendo de ella, toda hiel se transforma en dulce fruto de la vid, digno de las libaciones del Templo de Dios. Elevado de la naturaleza más vil hacia la realeza original, el hombre encuentra descanso de los afanes del mundo que agobian, desgastan y matan, y entra a degustar de los banquetes del Padre eterno que deseoso espera el retorno del hijo rebelde.

Pero, ¡oh, ingrata alma!, el hombre ama su tragedia y deambula por el mundo sostenido por su orgullo, su terquedad. Y en el rosto del hombre se desvanece el perfil divino del Christós para ser sustituido por la marca de la pena y del dolor.

Y cuando deambulas por las ciudades, la tristeza es reflejada por los ojos del Hombre que no ama a su Señor, y de la injusticia bebes hasta las heces de la copa del mundo, y la indiferencia flagela la piel del alma amante. Y en el espejo puedo ver ojos igualmente tristes, ojos de tragedia que devuelven una mirada sedienta.

Pero el Hombre no ama a su Señor.

Y en mi alma espero por ojos llenos de luz, libres de cadenas, pues en ellos hay consuelo para el hombre que lamenta su tragedia.

Cristo en el Desierto, Ivan Kramskoi

Lux Mundi

Tarde te amé, Señor,
tarde te amé,
y amándote abandoné tu sombra,
y amándote abandoné tu casa.

Anduve en el camino que detestas,
en vanidades busqué tu gracia.
Mi alma, ramera de pecados,
sus labios besaron la iniquidad.

Tarde te amé, Señor,
tarde te amé,
y amándote te di la espalda,
y amándote desvié mi mirada.

Mi lengua fue de profeta,
mi lengua cantó de tu gloria;
tus panes ofrecí a las ratas,
tus perlas arrojé a las bestias.

Tarde te amé, Señor,
tarde te amé,
y amándote negué tu nombre,
y negándote te seguí amando.

Cathedral Light IX -  Anja Percival

Noche

Veo en la noche profunda
las luces de mis días gastados
en palabras, voces y susurros,
en llantos, en risas,
en sueños olvidados y sueños revividos,
en tinta escrita y grafito marchito.
La noche me habla de una vida
grabada en la piel de las estrellas,
sus luces las letras, el sonido,
eco distante.
La noche es el diario,
los anales de una vida
no conclusa, los recuerdos
que reptan en la oscuridad
y las campanas que resuenan
en los días de la infancia.
Es mi vida la noche que me canta,
es mi noche la canción que me da vida.
Es el velo que cubrió mis días,
el techo hacia el que miran mis ojos,
donde anidan las aves de mi cabeza.
La noche y sus estrellas, el camino
que sigo sin seguir,
la voluntad que dirige mis senderos.
Es el vientre en el que nutro
el cuerpo de mi alma,
la seguridad de la madre
que arropa mis temores.
Nado entre sus aguas,
vuelo junto a sus luciérnagas,
aguardo su tiempo eterno.
Eres noche que no pasa,
que abriga y acuna
en las horas de mis días.
Eres principio y final,
la última nota, el acorde que condena.
Parca, Moira, Caronte,
me guías a tus cuevas;
Hades, Hellheim, Xibalbá,
me encierras en tu útero.
Eres tierra que haré fértil
y corrupción para mis miembros,
eres piedra y eres lápida,
epitafio y última voluntad.
Eres futuro como eres pasado,
y ahora me cantas de mi nacimiento
y me susurras de mi muerte,
pero ignoras el arpegio
que mis manos entretejen.
Eres sepulcro como eres vientre,
mi vida como serás mi muerte.
Eres noche.

No conozco tu rostro;

tu voz es agua entre los dedos.

Tu mano en mi corazón es un momento,

y mi corazón está yerto y en silencio

Detrás de mi vinieron tus pasos,

pero encontré noche que ahoga..

Mi boca tocó tu carne,

tremulante;

mi lengua bebió tu sangre,

sedienta.

Pero tu rostro no lo conozco

ni tu voz escucho en la noche,

y tus pasos avanzan en la arena,

mas tu sangre la sentí en mis labios.

sacred-heart