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No escuché tu voz esta noche,

no la oí al susurrarme los vientos

o al abrir la ventana al alba

ni al acostarme pronto de noche

para en sueños buscar tus anhelos

y de mañana hallar tus pisadas.

 

Cual fuego fatuo,

cual luna menguante,

rápido pasas,

sin don ni palabra,

cual raudo asteroide,

cual ánima áurea.

 

Desvélame tu rostro esta noche,

que errabundo, de ti no me desvíe,

y que seguro, en ti encuentre asilo.

Abbey in an oakwood

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Strela do Dia

Mírame, dulce Estrella, que con clara luz iluminas la seda. Tuyo es este siervo asustado, este chiquillo de cuna que no conoce ni ha visto al que es Bueno. Si tú me miras, entonces Él me mirará, y si Él me mira, entonces ¿a qué temeré? Por eso, no me apartes de ti ni me dejes desamparado. No me abandones en el desierto de los días. Antes ámame como a hijo tuyo, como una madre; cántame para que duerma, acúname en tus brazos y dame seguridad.

El día que lo vi a los ojos me dije a mi mismo: “No seguiré a ese Dios, no seré siervo suyo. Sobre mí no irán los yugos de otros.” Luego lo abandoné. Aparté mi vista del Pan que da vida, desvié mi pensamiento y dije “no” a su voz. Cerré mis brazos, cerré mi corazón, y no lo acepté más a mi lado.

Y ya sin él, nada entendí. No supe que es el hombre ni porqué vive, no comprendí quien es el Dios que dijo murió por mí, olvidé mi nombre y mi camino. Lo odié entonces pues no podía amar al mundo ni a sus personas, y para no amar primero hay que odiar al Amor mismo.

Pero a ti te vi y no te odie ni te rechacé. Mis ojos cansados miraron los tuyos siempre llenos de ternura y de dolor. Sentí en mi alma tu caricia materna, tu amor eterno, tu dulce canto calmando las mareas del corazón. Eras el único faro en medio de una noche profunda, cuando yo iba a la deriva en un mar de inquietud y de olvido. Y si aún podía amarte, ¿cómo podría odiar a quien en tu corazón reina? Pero te amé e intenté olvidarte, desvié la mirada aun sintiendo tus ojos en los míos,  y así anduve en el profundo mar guiado por una estrella solitaria rodeada de oscuridad.

Y detrás tuyo, en la noche oscura y dolorosa, lo escondiste a Él, que nunca abandona. Y Él estaba en mi aliento y en mi dolor, y no se fue. Silencioso aguardó a la costa, guiando mi barca perdida.

Strela do dia mostra-nos via pera Deus e nos guia.

Entre el eros y el agapé yace el perdón

Benedicto XVI, en su Deus Caritas Est, discursa sobre el amor posesivo y oblativo de Dios, un amor que va más allá del desear y del dar, más allá del eros y del agapé: un amor de perdón, uno que funde ambas realidades tan presentes en nuestra propia experiencia, y que rompe con las dicotomías artificiales que con tanto peligro pueblan nuestras ideas.

Pero ¿cómo puede ser el perdón la conjunción entre estos dos amores? ¿Entre este descender y ascender al que el benemérito Papa nos refiere? Creo que la respuesta es esta: el amor desde eros nos impulsa a buscar al otro como el objeto de nuestro deseo (no connotando necesariamente algún tipo de sentimiento sexual), como el fin que nos traerá la felicidad. Pero cuando este amor falla, el rechazo llega. Desilusionado, se da por falso el presunto amor, muere y se olvida. El amor desde agapé, por otro lado, no busca al amado como fuente de felicidad, sino que pretende ser él mismo felicidad para el objeto del amor. Así pues, lo engaños, las falsedades, las mentiras y todos los males que el amado pueda obrar poco significan, pues el agapé seguirá buscando dar felicidad, pero no poseyendo a la persona en el sentido de eros, y siendo así, no hay perdón posible pues no existe una afrenta personal o algún tipo de desengaño: se recibe lo que se recibe, no hay más conflicto ni dolor pues el agapé sigue dándose, sigue siendo él mismo.

El amor de Dios está en medio: un amor que posee y se da, que desea poseer y entregarse; y por esto mismo en él hay perdón, lo que lo mueve a trascender divisiones: lo vuelve pleno. No sufre las afrentas personales como en eros, pero tampoco es sordo al mal obrado por el otro, como en agapé. Es un amor divino, uno de perdón.

Como creaturas del Dios que es el Amor verdadero, nosotros también estamos llamados a entregarnos a este amor posesivo y oblativo. No podemos ser indiferentes al otro, ni negar nuestro deseo de hacerlo “nuestro”: “Solo se conocen las cosas que se domestican” bien puede traducirse como que solo se ama a lo que se posee. Pero tampoco podemos quedarnos aquí, pues quien solo posee, cuando pierde ya no encuentra sentido a su amor. También debemos entregarnos, pues entregarse es ser poseído, domesticado. Y creando este puente mutuo de tomar y darse, se alcanza el perdón recíproco que salva todo amor.

Amar es, pues, una relación perpetua de recibir al otro y darse a él mismo, donde el errar, que llegará de la mano de la naturaleza misma del hombre, será superado por el perdón. Solo en esta verdad puede cimentarse la civilización cristiana del amor.

Amor descendente y ascendente

Símbolo del Dios que vive en mí

“A su imagen los creo”. Una oración y el horizonte de la realidad humana se abre a tal grado que desborda al hombre mismo, lo engolfa y lo supera. A imagen del Dios que Es fuimos creados, a imagen de lo divino; nos enaltecieron por sobre nuestra naturaleza y nos hicieron como dioses.

Van der Leeuw, en su Fenomenología de la Religión, retoma la idea de la imagen, del símbolo, no como una asociación mecánica nacida de la reiteración, sino como una verdadera comunidad entre lo representado y lo representante; una unión que va más allá de lo asociativo, que penetra y transforma ambas realidades. Somos imagen de Dios, pero no como la grafía “2” es imagen de un concepto abstracto y de abismal lejanía entre lo significante y lo significado. Este “ser imagen”  del que habla va mucho más allá, casi rozando con la primera tentación: el deseo de ser como dioses. Somos imagen porque somos. No nos quedamos en la representación, en la imagen desmerecida de una realidad distinta, sino que nos volvemos esa realidad que es distinta de nosotros, pero a la que se nos da acceso. Como con la Eucaristía, que no solo es representación del Cuerpo de Cristo, sino la realidad humana y divina del mismo Señor, su totalidad, su ser; todo esto contenido en un pedazo de pan. Dos realidades distintas, dos esencias dispares, echas una sola imagen, un solo ser; esto siendo muy distinto del deseo de ser como dioses: aquí no hay elección, se nos da el regalo y solo queda aceptarlo por la humildad del alma ante su señor.

Por eso debemos entender esa frase tan oscura del Génesis de esta forma: no somos imagen de Dios en virtud de un cierto número de características que nos hacen símiles o de una decisión personal y en abierta contradicción con la voluntad divina; somos su imagen porque somos Él mismo aún sin llegar serlo y por total gratuidad de Él que es vida. Como la Eucaristía es Cristo mismo sin llegar a serlo y solo por la generosidad divina; así nosotros somos Dios sin serlo y compartimos su naturaleza sin perder nuestra individualidad: somos entes separados del Ente, pero unidos por una especie de consubstancialidad semejante a aquella que une a las Tres Personas Divinas. Y sin dilatarmos en el horizonte de Dios, como Cristo mismo no se dilata en el horizonte del Padre o del Espíritu; nos unimos a él, a su horizonte, sin perder nuestro espacio, nuestra realidad, pero buscando ese plenitud que solo se encuentra en la unión de los horizontes, pero no en su fusión.

Alter Christus, otro Cristo. La vida cristiana puede resumirse en ésta búsqueda: ser otro Cristo para todos, convertirnos en ventanas del Amor de Dios, transmitir su misericordia, su justicia, su sabiduría. Porque al final, la santidad es eso: convertirse en una perspectiva de Cristo, vivir conforme a su ejemplo, siguiendo sus virtudes, pero sin agotar su Persona. Y por esto es que la Iglesia es su Cuerpo Místico: porque en la unión de horizontes, en la vivencia personal de cada uno, en la apropiación de los atributos de Cristo es que nos conformamos, como familia, en verdadero Dios para el mundo, en testimonio vivo de Aquel que habita en nosotros.

Cada uno de nosotros es símbolo, imagen del Cristo que contiene toda la existencia, cada uno es Él en un sentido muy real, al menos en potencia. Pero no alcanzaremos la plenitud de esta unión más que como familia, como miembros de un mismo cuerpo. “Que todos sean uno: como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros”.

Dichoso aquél que ama a su hermano, pues él ha conocido al Dios que habita en lo profundo de su alma, y él se ha hecho uno con Aquel que es eternidad.

Conmemoración de todos los Santos

En la noche en que me llamaste

La gota que cae en la mejilla,                                                                                                         que canta, que sufre, que cuenta                                                                                                     de lo que solo el alma habla,                                                                                                           de los ríos que del rostro bajan,                                                                                                   mil notas que se alzan y se callan.

Senderos de plata y escarcha                                                                                                         que danzan y escapan del alba                                                                                                 cuando desde el cielo cantan                                                                                                         las lágrimas que en el alma descansan,                                                                                 lamentos que no se acaban.

Piedad, dulce padre, y calma,                                                                                                       que el alma cansada se vaga                                                                                                     errabunda hacia a tu morada,                                                                                                 mendiga y acabada ya se anda,                                                                                              que mil tropiezos no le sacian.

El canto que no se canta,                                                                                                                   la loa que no te alaba,                                                                                                                         el rezo que no  se encumbra                                                                                                           son la súplica del alma varada,                                                                                                       de tu reino ya muy lejana.

La noche sin mañana,                                                                                                                         el consuelo que no amaina                                                                                                                 a la sombra que no pasa,                                                                                                          noche sin luna y sin estrellas,                                                                                                  dulce carga del alma que no amedranta.

Piedad, Señor bueno, y calma,                                                                                                       que el alma no se apaga,                                                                                                                 que desnuda, de esperar no se cansa                                                                                             tu voz que la llama a casa,                                                                                                         donde dormida, descansa y olvida                                                                                               los afanes de la muerta vida.

All souls day - Jakub Schikaneder

Levántate y toma tu camilla

Llega un paralítico al Señor con fe y esperanza de recobrar sus piernas, y alcanzándolo, cuando por fin puede ver al Hombre que abrió los ojos del ciego y que levantó a los muertos de su lecho, estando en lo profundo de su alma la esperanza de sanación, de dejar atrás lo que fue y no volver nunca la mirada, este mismo señor le llega con lo inesperado: “¡Animo!, hijo, tus pecados te son perdonados”. ¡Qué descorazonador para el paralítico! Buscando sanación se topa con perdón. ¿Y qué es este perdón, de todas formas? ¿Quién es este hombre para perdonar mis pecados? Porque puede sanar, puede revivir, puede predicar, pero solo Dios perdona, solo él limpia mis culpas.

Christ healing the paralytic - Murillo

¿Qué es más sencillo, decir “tus pecados te son perdonados” o mandar “levántate y vete”? ¿Qué es más fácil en verdad? Porque el hombre es débil y fácil de impresionar, y cuando cree, cree porque ha visto. ¡Dichoso aquellos que creyeron sin ver, Tomas! Y por la incredulidad es que obró las maravillas del cuerpo, y para que la fe no cayera en el camino fue que curó al paralítico, abrió los ojos del ciego y dio vida al muerto.

Como aquel Pedro que caminó en las aguas, confiando en que sus pasos le confirmarían en la fe que profesa a su Maestro pero, perdiendo esa fe, se hundió entre las olas que la tormenta arrojó contra su barca; como el paralítico que buscaba sanación y solo encontró la desolación del perdón que no quería; así es el hombre: no sabe lo que le conviene, no entiende lo que pide, no busca lo que le aventaja.  Y cuando se le da, cuando la gratuidad del amor de Dios le hace las mercedes que le aventajan, que debe pedir y que le convienen, entonces duda y lo llama blasfemo por dar lo que no se le pidió.

!Sana y vete! ¡Mira y cree! Dichosos los que sin ver creen, pero para tí que no crees, mira y comienza a tener fe. Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa. Levántate y toma el símbolo de tu pasado, llévalo a tu hogar, a tu intimidad, y medita en las obras del Hombre que te devolvió el andar porque tuviste fe para recobrar tus piernas, pero ante la salvación de tu alma poca confianza le guardaste. Camina, pues, pero no olvides la camilla de la que Él te levantó. No pierdas la fe que Él plantó en tus entrañas. Perdiendo de vista esa camilla, olvidando las aguas cerradas sobre ti, la tempestad implacable sobre tu rostro, la desolación de un madero y dos cuerpos pendientes a sus costados, así mismo perderás la fe que te sacó del mar y que te devolvió los pasos. Y no sea que, en perdiendo esa fe, pierdas también ese amor que incendió tu alma al encontrarte con ese magnífico Señor.

Toma tu camilla y vete. Toma tu pasado y recuerda. No olvides que pecador te encontré y te amé, y que en amándote encontré el perdón que necesitabas. Recuerda que tus pecados te fueron perdonados y que ahora caminas libre. Anda, pues, y realiza las obras que me placen. Usa los pies que te devolví para proclamar mi nombre. Mira esa camilla y no olvides que compré tus caminos a precio de sangre.

Amar en el Valle de Lágrimas

“Dios es Amor”. Si amamos, amamos en Dios. Es a Dios a quien damos a través de nuestro amor. Porque Dios es amor es que el amar es la más alta misión del ser humano, y él es capaz de amar porque está hecho a “imagen y semejanza” de Dios, es decir que tiene la capacidad de amar. En cierta forma, el hombre es Dios (o divino) en la medida en la que ame.

Entonces la medida del amor del hombre es Dios, y “no hay amor más grande que de aquel que da la vida por sus amigos”, y Él entregó a su propio hijo para la salvación de todos los hombres, a los que llamó amigos. Su amor sin medida es la medida de nuestro amor, y por tanto nosotros debemos entregarnos por la salvación de todos los hombres pues eso es amar sin medidas.

Nuestro amor es una cruz que nos impulsa a buscar la salvación de las almas. Y esa misión es semejante a la de Cristo en cuanto a que no miramos pecados, ofensas, debilidades, fallas, etc.; sino que solo vemos el corazón de los hombres, un corazón hecho por Dios y para Dios,  y que no reposará sino hasta estar en Dios. Nuestra misión es llevar ese Amor a todos los hombres. Amar con ese fervor. Entregarse con esa radicalidad. Ser para los hombres, vivir para servirlos, amarlos y buscar su salvación.

Pero amar es la más difícil de las acciones del hombre precisamente porque es volverse divino. Amar con locura, amar como Dios, es abandonar todos los prejuicios, desprenderse de los gustos, olvidar el orgullo y adoptar la indigencia del hombre con el mismo amor con que Dios adopta nuestras propias miserias. Por eso primero veo mi interior y reconozco mis culpas, las entrego a Dios y dejo que Él actúe sobre ellas. Luego mira a mis hermanos, reconozco sus culpas y las entrego a Dios para que él actúe sobre ellas de formas que desconozco. Así yo amo como Dios ama. Así es el verdadero amor del cristiano. Así no modelo mi amor según mis deseos sino según los de Cristo.

Así se ama en el Valle de Lágrimas, en la tierra de los desposeídos: con locura, sin reservas. Los defectos no lo afectan, los pecados no lo disminuyen. Las almas brillan en los ojos del amante porque el Amor de Dios las transforma, y amarlas es entregarlas a ese Amor.

Así se ama en el Valle de Lágrimas: dando la vida por los santos y los pecadores. Viendo a Cristo en cada rostro. Como Dios ama a sus hijos pródigos.

The Return of the Prodigal Son