Sólo en el dolor de los hombres…

Recuerdo que, siendo más joven, me tocó ir a visitar una casa destinada para enfermos de SIDA. Era un edificio sencillo que aún forma parte de una institución dedicada a ayudar a personas que viven en la miseria. Tengo graba en mi cabeza la imagen de esos hombres consumidos por su enfermedad, con el horror del final marcado en sus rostros y en sus cuerpos disminuidos. Hoy me pregunto qué habrá sido de ellos, quién habrá estado junto a sus lechos en las últimas horas y si se habrán ido en paz o en desesperación.

No podría decir que pensé entonces, pero el recuerdo ha estado conmigo desde ese día, quizás no consciente, pero ha estado ahí. Y recuerdo también que, al salir de esa casa, pasamos junto a otra sección de la institución, está destinada a madres solteras que habían escapado del infierno en el que habían vivido durante años, más por sus hijos que por ellas mismas. En una de las dos casas, recuerdo ahora, había una habitación especial: un cuarto destinado para una mujer y para su hija de brazos, ambas enfermas de SIDA. Una criatura destinada a una muerte terrible desde antes de haber nacido.

Una historia que se repite, que se ha visto mil veces y que se volverá a ver.

Dicen que nosotros, como católicos, tenemos la misión de vivir el amor y hacer que el amor se viva. A veces creo que olvidamos que el amor no son los monigotes en los que hemos convertido a Dios en un intento por domesticarlo a Él y a todo lo que conlleva, de mutar ese amor que quema en uno más romántico, más simplón y menos comprometido. Un amor que no obliga, que no confronta y que no acusa.

Recuerdo a esa bebé ahora, después de haberla olvidado durante años, y no creo que una sola vez pasara por mi cabeza la idea de siquiera rezar por su alma. Y así como ella, son cientos las almas sin rostro con las que me he topado y a las que jamás volví a dedicar un sólo pensamiento una vez que salieron de mi vida. Todas almas que sufren. Almas que se duelen. Que claman a un Dios que no conocen y al que le piden misericordia y amor.

Pero nuestro amor ya no es ese fuego que quemó al mundo con su mensaje. Nos hemos conformado con algo más sencillo, más cercano. Ya no estamos sucios por atender a los necesitados, ya no sufrimos con ellos, ya no vertemos lágrimas al dolernos junto con ellos. Somos una generación entumecida al dolor de los demás, pero reconfortada en su activismo, en su ilusión de ser útil, y ya no nos acercamos a esa fuente de amor porque sabemos que seremos juzgados insuficientes.

Tanto amó Dios al mundo… Dios, creo, sólo se puede entender en esa frase de San Juan. Dio su vida para que nosotros no la perdiéramos, para que nuestro destino no fuera el horror de la muerte, tanto de cuerpo como de alma, y cada uno de sus dolores es un reflejo del dolor del mundo que Él hizo suyo para librarnos de su atadura. Por eso, a Dios lo encontramos en el dolor de su pueblo. En el horror de sus vidas. En la miseria por la que transitan: porque ahí vertió su amor. La fuente a la que no nos atrevemos a acercarnos se ha quedado ahí en donde no nos atrevemos a llegar.

Tantas veces hemos olvidado que vivimos en un mundo que sufre las consecuencias del pecado en su propia carne, y que todos nosotros somos partícipes de ese dolor, ya sea al sufrirlo o al infringirlo. Cuando ignoramos al necesitado, no por no darles dinero o comida, sino porque les negamos la mirada o nuestra voz, nosotros introducimos dolor al mundo. Cuando juzgamos la decencia de una persona y ponemos en duda su virtud, nosotros introducimos el vicio al mundo. Cuando burlamos al homosexual o despreciamos al que es diferente, nosotros introducimos el odio al mundo. Cuando negamos el amor para que el que fuimos hechos a los hombres, nosotros introducimos el pecado al mundo, pues dejamos a Dios fuera de él, y donde no está sólo hay pecado.

Creo que la única forma sincera de alcanzar a Dios es a través del dolor de las personas, porque sólo en ellas volveremos a encontrar ese amor que quema con intensidad. Pero hay que entrar profundo en el dolor de cada persona, no a través de una caridad bonachona que se encarga del cuerpo y atiende al alma desde lejos, sino por medio de una donación total, sincera, que duela; a través de un amor oblativo, un amor divino como el que dejó todo lo que es y todo lo que tiene en la cruz para confortar a los caídos.

Se me ocurre que nosotros mismos debemos clavarnos en la cruz junto con Él por la locura de un amor sin medida, un amor que logrará incendiar al mundo entero. Un amor capaz de redimir todos nuestros corazones y de curar todas nuestras heridas.

La Pieta - Gustave Moreau

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