Entre el eros y el agapé yace el perdón

Benedicto XVI, en su Deus Caritas Est, discursa sobre el amor posesivo y oblativo de Dios, un amor que va más allá del desear y del dar, más allá del eros y del agapé: un amor de perdón, uno que funde ambas realidades tan presentes en nuestra propia experiencia, y que rompe con las dicotomías artificiales que con tanto peligro pueblan nuestras ideas.

Pero ¿cómo puede ser el perdón la conjunción entre estos dos amores? ¿Entre este descender y ascender al que el benemérito Papa nos refiere? Creo que la respuesta es esta: el amor desde eros nos impulsa a buscar al otro como el objeto de nuestro deseo (no connotando necesariamente algún tipo de sentimiento sexual), como el fin que nos traerá la felicidad. Pero cuando este amor falla, el rechazo llega. Desilusionado, se da por falso el presunto amor, muere y se olvida. El amor desde agapé, por otro lado, no busca al amado como fuente de felicidad, sino que pretende ser él mismo felicidad para el objeto del amor. Así pues, lo engaños, las falsedades, las mentiras y todos los males que el amado pueda obrar poco significan, pues el agapé seguirá buscando dar felicidad, pero no poseyendo a la persona en el sentido de eros, y siendo así, no hay perdón posible pues no existe una afrenta personal o algún tipo de desengaño: se recibe lo que se recibe, no hay más conflicto ni dolor pues el agapé sigue dándose, sigue siendo él mismo.

El amor de Dios está en medio: un amor que posee y se da, que desea poseer y entregarse; y por esto mismo en él hay perdón, lo que lo mueve a trascender divisiones: lo vuelve pleno. No sufre las afrentas personales como en eros, pero tampoco es sordo al mal obrado por el otro, como en agapé. Es un amor divino, uno de perdón.

Como creaturas del Dios que es el Amor verdadero, nosotros también estamos llamados a entregarnos a este amor posesivo y oblativo. No podemos ser indiferentes al otro, ni negar nuestro deseo de hacerlo “nuestro”: “Solo se conocen las cosas que se domestican” bien puede traducirse como que solo se ama a lo que se posee. Pero tampoco podemos quedarnos aquí, pues quien solo posee, cuando pierde ya no encuentra sentido a su amor. También debemos entregarnos, pues entregarse es ser poseído, domesticado. Y creando este puente mutuo de tomar y darse, se alcanza el perdón recíproco que salva todo amor.

Amar es, pues, una relación perpetua de recibir al otro y darse a él mismo, donde el errar, que llegará de la mano de la naturaleza misma del hombre, será superado por el perdón. Solo en esta verdad puede cimentarse la civilización cristiana del amor.

Amor descendente y ascendente

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