Ascetismo para el hombre

Estas son las verdades del hombre que vive en el mundo: el goce torcido de la carne, las necesidades viciadas del cuerpo y la asfixia del espíritu sometido.

La carne es dueña del hombre, a ella dedica su vida: sus goces son la ofrenda que hace con su vida. En las calles de la ciudad pueden verse las imágenes que venden mil placeres: los del hambre, los de la diversión, los del sexo. Son mil afiches brillantes que deslumbran y embriagan con su promesa de dulce placer y de satisfacción. La carne es, para el hombre que vive en el mundo, la promesa misma de diversión, el sendero hacia lo bueno que la vida tiene por ofrecer. Solo ella satisface, solo sus deseos son los verdaderos.

Pero en el principio la carne no fue codiciosa. En sus orígenes no buscó los placeres de la comida ni a las diversiones banales. En el principio la carne vino de Dios y a Él se dirigió. Y entonces tenía necesidades, y las satisfacía; y había goce en el hombre que seguía a Dios y veía todos sus apetitos bien alimentados. Entonces la carne era buena, era justa, y sus pocas necesidades fueron causa de salud y bienestar. Pero ahora sus necesidades son muchas y ninguna: muchas pues está hambrienta y siempre busca satisfacción, y ninguna porque no se satisface y termina devorándose a sí misma. Acumulando placeres, se llena de hambruna, y la carne olvida las razones de su existencia.

Junto a la carne fue hecho el espíritu, y en el principio anduvieron juntos. Pero el espíritu cayó primero, pues fue orgulloso,  y atrajo hacia sí mismo la tiranía de la carne. Y cuando abandonó a su Señor adoptó los bienes que el mundo ofrece: mil placeres y ninguno. Entonces la carne fue guía del espíritu, y él se sintió asfixiado por los goces mundanos pues no fue hecho para la carne. Así vive el hombre que se sumerge en las profundidades del mundo e ignora que tiene un alma. Así vive el hombre que abandonó cordura y santidad por la asfixia del mundo.

Estas son las cosas de las que habló el asceta: la negación de la carne, el olvido de uno mismo y el triunfo del espíritu.

Los primeros eremitas negaron los placeres de la carne. Subieron a las altas montañas en la soledad que solo su Señor habita, y bajo el testimonio de las estrellas cultivaron la penitencia y el sacrificio. El hambre ya no les tocó pues lo sufrían por Dios. La sed ya no los desgastó pues bebieron de la fuente de Agua Viva. Los placeres ya no existían para ellos, todo era Dios y su voluntad, y su alimento era la Luz Divina que desciende sobre el hombre que abandona todo.

Al olvidar su carne, se olvidaron de ellos mismos. Al descuidar sus necesidades se liberaron de aquellas cosas que atan y no sueltan, que distraen y no edifican, de las fauces rojas del vicio y la carga. Ya no vivían para ellos sino para el mundo, pero sin entrar en el mundo. Los monjes comenzaron esta vida en comunidad: una vida que empieza muriendo para el mundo y renaciendo solo para Dios. Se hicieron prisioneros en un país de esclavos para ganar la libertad de los hijos del Espíritu.

Sin cadenas, ¿quién puede estar prisionero? Sin ataduras, ¿quién permanece postrado en tierra? Pues estos hombres se ataron a las carencias de la vida, y atándose se libraron de las redes del mundo. Y postrándose sobre el frío suelo del templo de Dios se levantaron señores de sí mismos, dueños de su propio cuerpo, reyes y reinas en el Reino de Dios. Hombres de espíritu que vivieron de acuerdo al Espíritu, en la libertad del Espíritu. El triunfo del alma sobre el cuerpo y sobre el mundo. Ellos fueron levantados de la tumba por gobernarse con rectitud y justicia y ahora se sientan a la diestra del Padre.

Este es el camino del místico de este siglo: privación, trabajo y oración. Porque el hombre de este siglo olvida qué es carecer, su trabajo es afanarse por las cosas de este mundo y la oración se perdió entre las horas de trabajo, de estudio y de amistad. Y ya no levanta los ojos al cielo ni baja la mirada a la tumba, olvidando el propósito de su existencia y el rostro de su Señor, y negando el destino último de toda historia humana.

Quien quiera seguir el camino de perfección aprenderá de las privaciones. Teniendo tanto, buscara poco. ¿Qué hombre no es esclavo de sus bienes? ¿Qué hombre no sirve a su trabajo en vez de trabajar para servir mejor a su hermano? ¿Quién puede vivir su día sin los pequeños placeres o las ayudas sencillas que facilitan el tránsito diario? El moderno asceta negará todo esto y, como los monjes de antaño, se retirará hacia su desierto interior, dejando fuera todas las cosas que hagan carga. Encontrará en las pequeñas negaciones y en los sacrificios sencillos el camino a la santidad que tanto ansía e irá dejando en el sendero lo que estorba y no ayuda, lo que pesa y no aligera.

Los ascetas abandonaron el mundo para orar. Cristo mismo se alejó del mundo para orar. El hombre de este tiempo que busque a Dios se volverá un asceta dentro del mundo y hará de su vida una oración viviente. Se recogerá en lo secreto de su alma, escuchará ahí la tenue voz del su Señor y crecerá en amor y santidad, y su vida será un reflejo del Dios Viviente que habita dentro de él.  Todo cuanto fueron los ascetas brotó de esta espiritualidad: su sacrificio, su trabajo, su amor.  De todos los caminos que el hombre moderno debe de emprender, el ascenso hacia la oración es el primero y el más importante: la puerta hacia el nuevo monasticismo que su alma tanto desea y necesita..

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