El hombre y la tragedia de la vida

En los caminos del mundo, uno se topa con mil rostros dispares. Hombres y mujeres laborando, niños que juegan bajo el sol, ancianos que escuchan y hablan de los días pasados. Son miles los rostros que transitan las avenidas de las ciudades, que mueven las dinámicas del mundo, que viven y dejan detrás a la vida. Y en sus rostros yace la vieja marca que crece día con día en sus corazones: la marca de la tragedia, del dolor, de la desesperanza, de la injusticia.

En tragedia nacieron, cayendo de la más alta cumbre hacia la más profunda humillación y el dolor más terrible. En tragedia anduvo el hombre, tropezando en el camino que sube hasta el Monte de Dios como el niño que se niega a aprender a caminar, tropezando y retrocediendo y desviándose. En tragedia vive, olvidando el rostro de su libertador o escupiendo en las heridas abiertas como pago por su sangre.

La vida del hombre es una tragedia sin igual del que solo se escapa por el camino de la Cruz, y no escapándose, se vive y se muere en ella por decisión del alma ingrata. Pero huyendo de ella, toda hiel se transforma en dulce fruto de la vid, digno de las libaciones del Templo de Dios. Elevado de la naturaleza más vil hacia la realeza original, el hombre encuentra descanso de los afanes del mundo que agobian, desgastan y matan, y entra a degustar de los banquetes del Padre eterno que deseoso espera el retorno del hijo rebelde.

Pero, ¡oh, ingrata alma!, el hombre ama su tragedia y deambula por el mundo sostenido por su orgullo, su terquedad. Y en el rosto del hombre se desvanece el perfil divino del Christós para ser sustituido por la marca de la pena y del dolor.

Y cuando deambulas por las ciudades, la tristeza es reflejada por los ojos del Hombre que no ama a su Señor, y de la injusticia bebes hasta las heces de la copa del mundo, y la indiferencia flagela la piel del alma amante. Y en el espejo puedo ver ojos igualmente tristes, ojos de tragedia que devuelven una mirada sedienta.

Pero el Hombre no ama a su Señor.

Y en mi alma espero por ojos llenos de luz, libres de cadenas, pues en ellos hay consuelo para el hombre que lamenta su tragedia.

Cristo en el Desierto, Ivan Kramskoi

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