Y nuestros rostros serán de crucificados.

Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios los creo, macho y hembra los creo. Y tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna.

El hombre que proviene de Dios es imagen y semejanza del dios del amor, de aquel que es Amor. Su dignidad se eleva por sobre los reinos de la Tierra y ni las estrellas del cielo ni las arenas de los océanos podrán servir para contar el valor inestimable con el que ha sido coronado, hijo de Dios.
Mas bajo la noche deambula un hombre de calle en calle y de miseria en miseria vestido con los remanentes de aquellos más afortunados, comiendo las sobras de los restaurantes o viviendo de la limosna de aquellos cuyos corazones se enternecen ante la miseria de otro y regalan aquellos preciados centavos de los que pueden prescindir o aquella ropa ajada o que ha dejado de venir. Almas encendidas en el amor. Y junto a él pasa una mujer de ropa ligera, con rímel en los ojos y labios encendidos en un rojo intenso. De sus ojos se desprenden los destellos de un alma entristecida, de una vida no escogida, y en su piel se exponen las cicatrices y los hematomas dejados por el último hombre amado y que pagó, del último trabajo que le permitió una comida más, un día más de existencia. Y la gente que la observa la juzga desafortunada o aún libertina, y su nombre nadie lo conoce, ni aún ella lo recuerda.
Los pequeños hijos de Dios que deambulan bajo la noche oscura, velada la luz del Rostro Divino, perdida la misericordia del Amor, el consuelo del Amigo, el calor del Padre y la ternura de la Madre. Perdidos para siempre, olvidados, resentidos, lastimados, rotos. Y no hay un alma que los ame, que los cuide, que les hable y los recuerde. Sombras bajo la oscuridad de la noche que pasan por la vida sin un nombre, sin un rostro, y que abandonan el mundo en la soledad del invierno y cuyas tumbas caen ruinosas y olvidadas.
Que no se acerque al Dios vivo quien no ama a los hijos olvidados de Dios, que no finja rectitud ni bondad, ni sinceridad ni fidelidad, ni pretenda la salvación. Que nosotros, los hipócritas, callemos el nombre de Dios pues nuestras bocas estarán llenas de iniquidad y no seremos sino sepulcros blanqueados, pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve.
Una luz divina yace en nosotros pero aún la luz más brillante puede morir ahogada entre el egoísmo. Quizás sean estos tiempos de oscuridad, en cuyo caso solo la Gracia nos traerá la libertad. Y quizás entonces veremos lo verdadero e increíblemente divino que hay en cada uno de nosotros, el rostro de un crucificado, un rostro cuya faz debe percibirse antes que nuestra faz.

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