La riesgosa apuesta a Dios

Si nos damos una vuelta por la rica historia que tenemos sobre santos, sobre mártires, notaremos que no hay apuesta de más riesgo que aquella que se hace en favor de Dios. Los ejemplos, por supuesto, no pueden quedar fuera de esta afirmación.

1-. Job

El ejemplo clásico. Un fiel judío, atento a la Ley de Moisés, atento a Dios, fervoroso, obediente. Y sin embargo, nada evitó que Dios permitiera que toda la casa se le viniera encima. Perdió familia, perdió salud, perdió todo lo que Dios le había dado. Y el siguió apostando por Dios. Siguió confiando en el a pesar de todo lo que los demás decían. A pesar de que a cada desgracia le vino una peor, a pesar de que todo parecía tan contradictorio, tan injusto. Creo que muchos nos hemos sentido de esas forma, en esas ocasiones en las que levantamos la voz al Cielo y clamamos “¡¿Dios, por qué a mí?!”.

 

2-. María Madre de Dios.

 

En ella podemos ver una de las apuestas mas riesgosa que se ha hecho jamás para con Dios. Imagínenlo: adolescente, con una vida por delante, prometida a un hombre que no conoce; y un buen día Dios decide enviar a su presencia a un ángel para decirle que concebirá. No para pedirle su permiso, no para preguntarle como se siente al respecto, no para averiguar sus planes o sus miedos. No, lo envió para decirle que invariablemente concebirá, y que el fruto de su vientre será el Hijo de Dios Vivo.

Ahora, recordemos que no es simplemente llevar en el vientre al Hijo de Dios. Es llevar en el vientre a una criatura sin haber conocido jamás a un hombre (en el sentido bíblico), y por ende, abierta al juicio humano (errado por costumbre). Y si le sumamos la cultura en la que se veía inmersa, tenemos una excelente receta para el desastre. Y eso no es todo. Aun a pesar de ser la Madre de Dios, María tuvo que verse sujeta a miles de penurias y de dolores, siendo de estos el mas grande y valeroso el ver a su hijo amado colgado de una Cruz. Y todo por apostar a Dios.

3-. Jesús.

El ejemplo perfecto de una apuesta a Dios. El, que siendo Hijo de Dios encarnado, destinado a liderar a las naciones, prometido mesías del pueblo de Dios; nació en un pobre pesebre y vivió la vida humilde (y seguramente dura) del hijo de un carpintero, para ser luego elevado por sobre los pobres y los sencillos como profeta, como libertados, y terminando clavado en una Cruz por confiar en la palabra de Dios. Y un ejemplo grandioso de esto es la escena de Getsemaní cuando Cristo, sabiendo lo que se le venía encima, pidió a su Padre por que el trago amargo de ese cáliz pasara de Él, pero permaneciendo firme en su apuesta por Dios. Y pues todos sabemos (y como ya señalé arriba) como acabó ese Viernes.

Y creo que no me equivoco (ni incurro en alguna clase de blasfemia) cuando señalo que inclusive sus Apóstoles notaron lo riesgoso de esa apuesta. Lo podemos observar en su temor después del Calvario, su falta de confianza en la Resurrección, su reticencia de aceptar el hecho de su regreso.

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Visto brevemente esto, podríamos caer con facilidad en la tentación de la desconfianza (del tipo de la de Judas Iscariote o del ladrón malvado) y decirnos a nosotros mismos que no tiene sentido apostar por Cristo, que al final trae muchos problemas mas que satisfacciones, que podemos tener una vida mas sencilla y feliz lejos de Él, etc. Si, es una tentadora tentación (suena terriblemente bien eso último  ¿no creen?) y que nos acosará –me atrevo a decir- durante toda nuestra vida de cristianos. Pero entonces nos estaríamos perdiendo una parte sumamente hermosa de todo este proceso: la reivindicación de Job, la coronación de María, la resurrección de Cristo. Todo el culmen de la apuesta a Dios. Es como poner tus cartas en la mesa y retirarse, sin darse cuenta de que has ganado el juego y te estas dejando toda la recompensa en la mesa.  Este si que sería un mal negocio, sin duda.

Al final, lo único que nos queda es confiar en el. Y si, llegarán momentos de terrible temor donde no veremos claro el camino que Dios nos ha tendido, cuando nuestros ojos no podrán ver a nuestros pies dando pasos, y con niebla ocultándonos el sendero y el final del mismo. Serán aterradores momentos, sin duda, pero lo único que podemos hacer es tener la confianza de seguir caminando para descubrir que hay más allá, pues nadie querría quedarse sentando en medio de la niebla sin más.  Sería de tontos y necios quedarse sentado en el conformismo, cuando toda una aventura nos espera mas allá de esa densa niebla, con Aquel que quiere guiarnos hacia un sendero de profunda y maravillosa felicidad.

Saltar al plan de Dios, sin pensarlo, sin temerlo; confiando en que será lo mejor, y les puedo asegurar que así será.

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2 comentarios en “La riesgosa apuesta a Dios

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