Extraña misericordia

“Mientras viva, me alegrará recordar que, en este momento de destrucción final, asomó en su rostro una expresión de paz como jamás habría imaginado en el.”

Es curioso como uno va encontrando joyas para reflexionar en los lugares más insospechados. Este en particular viene de una de las últimas partes del Drácula de Bram Stoker, y no es la única. A lo largo del libro pude notar esta compasión que sentía el personaje de Mina Harker hacia la vil criatura que representa Drácula. Algo totalmente inusitado, si tomamos en cuenta los eventos en los que se ven inmersos ambos personajes.

Y mientras iba avanzando ansioso en la lectura, me fue imposible separar las palabras de Mina de la actuación ideal de un católico comprometido con su fe: perdón y misericordia. Perdón y misericordia, en verdad, llevadas a un nivel de divinidad. Y es que, como todos sabemos, no es nada sencillo sentir compasión hacia aquellas personas que nos sacan de quicio, mucho menos hacia aquellos que nos causan males con consciente propósito. Y sin embargo, y como nos deja notar la señorita Mina a lo largo de las páginas, es una característica totalmente divina, y por adopción, cristiana, el tomar esta posición ante nuestros hermanos. Pero permitidme explicar ambos.

Cualquiera que haya tomado algunos minutos para repasar algunas de las hojas del Antiguo Testamento, inclusive si no lo ha hecho en totalidad, aun con haber leído los primeros libros; notará que la historia-relación entre Dios y el pueblo de Abraham es una relación de amor y de misericordia a niveles heroicos. No serán pocos los que han leído con frustración cada vez que el pueblo judío decidía alejarse de Dios, dándole la espalda al Dios de sus padres, olvidando sus promesas y sus leyes. En lo personal, en estos momentos solo podía pensar –bravo Israel, bravo- y para luego dedicarle un caluroso aplauso.

Pero regresando, cualquiera que haya recorrido esta asombrosa historia de salvación notara la actuación de Dios, quien siempre les proporcionaba un mensajero para que los atrajera nuevamente al buen camino; un buen pastor que reorganizara al rebaño. Y es inevitable el pesar el porqué de esto, pues fácilmente podría haber elegido a otro pueblo y condenar al exterminio al primero, pero no lo hizo. El siguió fiel a sus promesas, a pesar de que Israel no cumplía su parte del trato, y lo llevó a las últimas consecuencias, suscitándoles un salvador de dentro del pueblo que llevaría a plenitud la misericordia divina. Si, aquí entra Cristo, quien con su heroico sacrificio en la Cruz derramó la gran misericordia divina sobre todas las naciones y para la eternidad, y por esto siempre deberán quedar grabadas en nuestros corazones aquellas palabras tan hermosas “perdonadles, pues no saben lo que hacen”.

Y bien, aquí vemos la dimensión divina de la misericordia, llevada hasta los confines de la infinidad. Y de esta nace también la dimensión humana, aquella menos perfecta, pero siempre heroica “Sean perfectos como mi Padre y Yo somos perfectos”. Y creo que no desvarío al decir que la misericordia es virtud de perfección cristiana que implica el rechazo de uno mismo y la adopción del otro como objeto de nuestra entera preocupación.

Aquí es donde entran muchas de las palabras de la señorita Mina, pues no en pocas ocasiones da muestras de piedad hacia otras personas que cualquier otro despreciaría, llegando al extremo de la locura al compadecer a los mismos demonios vampiros que acosan su alma. Aquí me parecen que resuenan perfectamente a mi parecer estas otras palabras: “amen a sus enemigos y oren por quienes los persiguen”.

Y este es el punto central (colocado en los últimos momentos, curiosamente) en el que quiero anclar toda esta palabrería: el olvido de uno mismo en pos del otro. De todos los otros. Somos humanos, por tanto, se nos ofende con relativa sencillez (y, ¡ah!, no somos pocos los que tendemos al resentimiento gratuito), pero a nosotros cristianos se nos ha pedido ir mas allá de nuestras cabezas.

No son pocos los santos que han hablado de esto, y no pretendo ser yo quien descubra el hilo negro del asunto, pero si tengo el propósito de poner el dedo en esa llaga tan quejumbrosa que es tapada por la venda del olvido. Somos cristianos, estamos llamados a trascender, y esa trascendencia debe alcanzar nuestra capacidad de perdonar incluso a nuestro propio verdugo. Conociendo lo dificultoso de esto, llamo a todos a la unión de la oración y a la petición de esta gracia tan maravillosa que es el perdón pues, si con tanta facilidad nos acercamos al perdón que Dios nos ofrece,  caeríamos en una grave hipocresía en caso de no pedir por nuestra propia capacidad de perdonar, y procurar que esta llegue a niveles heroicos.

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