La maravilla de lo inconcebible

“Do you really believe that when a priest blesses a wafer, it turns into the body of Christ?” he said, ridiculing Catholics. “Are you seriously telling me you believe that?  Are you seriously saying that wine turns into blood?”

La inspiración llega de maneras curiosas, en ocasiones bajo la advocación de un rayo de luz a través de una nube, quizás como las palabras de una madre a su hijo encabritado, puede incluso que brote en el fragor de una discusión. En esta ocasión, vienen de las palabras que no dicen nada de una bloguera estadounidense a las que les remito.

Uno de los misterios principales de nuestro catolicismo es el siempre increíble sacramento de la Eucaristía. He de admitir que nunca terminaré de entender ese gran misterio (dudo que alguien lo haga) y que siempre, invariablemente a menos de que sea, por gracia divina, eliminado en mi; vendrá la duda o la incertidumbre ante tan gran verdad. Y sin embargo, observo con la fuerza con que me golpea, la manera en la que seduce mis sentidos y entumece mi entendimiento, abriéndome el corazón para que lo acepte y lo contemple.

Primero esta el hecho de Dios vuelto hombre, tan excelso, tan magnánimo, tan infinito y perfecto, se ve rebajado a una naturaleza tan baja como la nuestra para la salvación de seres tan viles como nosotros ¡INCREÍBLE! ¿Quién podría aceptar sin problemas esa verdad! ¿Quién será capaz de entenderla! Una verdadera maravilla, un verdadero milagro, una gracia infinita y nunca meritoria por nuestras propias fuerzas, y sin embargo tan real como nuestra propia existencia.

Y luego, siempre con sabiduría y a sabiendas de su misión, nos deja un regalo igual de maravilloso, igual de increíble en el sentido exacto del término: permanece con nosotros encerrado en un pequeño pedazo de pan. ¡Sublime! Empero, aterrador. La sola idea de tener a mi Dios presente, vivo y entero, su Cuerpo y Sangre, su Alma y su Divinidad, todo Él hecho pan y hecho vino, llena mi corazón de temor y me hace preguntarme “Señor ¿qué somos nosotros tus siervos para merecer tan gran regalo?”

Tan lleno de amor y a la vez tan vulnerable, se entrega para padecer por nosotros. ¿Cuánto dolor no hemos de sentir ante comportamientos impropios hechos frente a su hermosura? ¿Cuántas lágrimas no habremos de derramar por los terribles sacrilegios que tiene que soportar? ¿Cuánto pesar no inundará nuestro semblante por comuniones tan indignas? Y sin embargo,Él se nos entrega para un nuevo suplicio sabiendo el mal del que somos capaces. Es una muestra de amor tan grande que no puede ser contenida por el pensamiento ni por el corazón del hombre.

La sola idea de algo tan grande y tan nuestro, no por merito si no por regalo, me hace elevar mi corazón en alabanza por tan magnífico Señor, y pedir tribulaciones en reparación de tan terribles tratos que ha recibido, recibe y seguramente recibirá.

Pronto empezaremos la Semana Santa, y recordaremos (con dolor, ruego) las implicaciones y los motivos que llevaron a Cristo a una muerte de Cruz. Pero no hemos de dejarlo en eso, pues hemos de recordar lo que nos ha regalado para el cumplimiento de su y nuestra misión. Hemos de recordar y restaurar la belleza, profundidad y maravilla de este nuestro gran misterio, adherirnos a el y ser dichosos en su conocimiento. Portemos con orgullo el estandarte de nuestro Señor Sacramentado, e incendiemos el mundo con su luz de verdad y de amor.

Que encontremos el Cielo en la Tierra y habitemos en el durante los sagrados momentos de la Consagración.

 

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