Como una hormiga

Tengo un gusto muy desarrollado por la naturaleza, lo cual deriva en mi capacidad de contemplar con detenimiento un aspecto de esta por largo tiempo. Hace unos días, cuando me disponía a tomar un baño, observé en la tina una imagen un poco curiosa, o al menos eso me pareció al momento: una no muy pequeña hormiga intentaba escalar las paredes de la tina para poder salir de su cautiverio. He de confesar que me pareció gracioso y que decidí no intervenir para observar cuanto tiempo le tomaba abandonar el fondo de la tina.

Pasó el tiempo y la hormiga, cuando lograba llegar al borde de la tina, volvía a caer irremediablemente hasta el fondo. Una y otra vez intentó subir hasta la cima, y cada vez cayó hasta el fondo sin poder evitarlo. Al final, logró escalar la pared, y aunque parecía ya libre, esta libertad fue momentánea. Esta empezó a caminar justo por el borde de la tina, mientras yo miraba con cierto disgusto por su imprudencia. Por supuesto, esta no tardó en caer nuevamente hasta el fondo. Allí entré yo, cansado de observarla en su obstinación, que decidí ayudarla a salir, así que le dispuse una pequeña plataforma e hice que trepara en ella para poder dejarla en el suelo. No fue poca mi molestia al ver como, con toda muestra de obstinación, esta volvió a escalar la tina para caer nuevamente al fondo e intentar escalarla de nuevo.

Muchas veces nosotros, como seguidores de Cristo, adoptamos esta postura de hormiga renegada: cuando estamos en el fondo del pecado, en el valle de la desesperación y de la lágrima, intentamos con todas nuestras fuerzas escalar las empinadas paredes para poder llegar a la cima de la virtud. Una y otra vez nos levantamos casi victoriosos sobre nuestros errores, pero al final caemos irremediablemente hacia el profundo abismo de nuestra maldad.

Como la hormiga, necesitamos en una gran ayuda: la gracia divina. Sin esta, nuestra lucha se descubriría como necia pues sería un continuo subir para caer. Dios es el agente que nos da esa fuerza para poder escalar la montaña de la tentación y llegar así la cima de la virtud. Por supuesto, y como todos sabemos, no son pocas las veces en las que Él nos da la fuerza para poder escalar dicho monte, y si bien, con su ayuda salimos airosos en el ascenso, nuestro orgullo o quizás nuestra estupidez nos mueve a recorrer el filo de la cima, para caer una vez mas hasta ese viajo rival, a ese valle de pecar.

Dios, sin embargo, no se cansa de ayudarnos, y nos ofrece una ayuda mucho mas grande aun: como la plataforma que le ofrecí a la hormiga, Él nos da los sacramentos para rescatarnos con sus manos de este valle, especialmente la confesión y la Sagrada Eucaristía. Nos sube en su cruz y nos lleva hacia la cima para que podamos contemplar ese hermoso mundo llamado Santidad. Pero, ah, nuestra vileza es tan grande que en tantas muchas ocasiones despreciamos estos hermosos dones tan gratuitos y tan benignos.

Es imperante que, nosotros católicos, recuperemos el sentido de nuestra fe, de nuestra alegría. Estamos aquí para la santidad, es momento de tomar las armas de Dios y convertirlas en parte de nuestros cuerpos y nuestras mentes: que la confesión sea para nosotros como nuestra conciencia, y la Eucaristía como nuestro corazón. No seamos hormigas necias, si no corderos mansos y fieles al pastor.

Que, Dios mediante, encontremos la luz renovadora y siempre nueva de los místicos sacramentos.

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