El primer vistazo

Ese primer momento, casi irreal, en el que observamos por primera vez y nuestra mente comienza a actuar movida por un misterioso deseo de conocer. Ese momento en el que nuestras cabezas se ven pobladas de preguntas incesantes que buscan incansables una respuesta.

Todos lo hemos experimentado, aunque sea una sola vez, aquella sensación de curiosidad, de dulce deleite, nacido de la visión de una criatura como ninguna otra (o al menos así nos la presenta el pensamiento) y, de la nada, un inexplicable deseo de acercarnos, de hablarle y conocerle, se apodera de nosotros. Mas solo es un pensamiento en muchas ocasiones, pues el miedo, las dudas y la incertidumbre pueden mas que nosotros. Es entonces que dejamos pasar los días, observando desde lejos, imaginando y deseando en lo secreto, mas nunca demostrando.

Hasta que llega el momento de decidirse a dar el primer paso.

Así debería ser nuestro primer encuentro con Dios, con la Iglesia, con sus miembros. Un deseo nacido de una curiosidad, de la particularidad de su mensaje que nos confronta y que clama por ser investigado, y que nos mueva a desear, a soñar, a imaginar. Mas como en todo, el miedo puede mas. Ya sea el miedo a lo grandioso de la propuesta, o el alto costo que podría parecer el aceptarla. Quizás sean las malas opiniones que hemos escuchado o los hechos tan maliciosamente deformados. Puede incluso que el sentirse indigno o con miedo a un rechazo.

Si, todas estas cosas pueden muchas veces mas que nosotros, mas estas no son razones suficientes para quedarse estancado en la sola contemplación pues, al final de todo, observar no basta. Es necesario conocer, comprender y poseer, a la vez que inician las ganas de darse, de olvidarse de uno y de ofrecerse al otro.

Si, conocer a Dios debería ser como un amor limpio y sincero, que inicia con una simple mirada a aquella criatura que, de la nada, nos roba el aliento sin que podamos evitarlo, sin conocerla, sin saber su nombre, solo por lo que demuestra ser, por lo que nos enseña, por lo que es en realidad: Una criatura reflejo de Dios.

Conozcamos a nuestro Dios, nuestro Salvador, pero también a nuestra Iglesia que es nuestra Santa Madre. No nos quedemos solo con el primer vistazo, consintamos, mas bien, ese fugaz deseo de saber mas, sin importar las habladurías o las malas opiniones. Demosnos el tiempo de conocerla tal cual es, como quiere que la veamos, como lo que es. Hagamos lo y descubriremos el amor de una madre y la belleza de una esposa., tan reluciente y tan tierna como solo Dios sabe crearla. Que por medio de la Esposa conoscamos al Esposo y el buen Señor que resulta ser.

Que bajo la intercesión de todos los santos y santas de Dios encontremos la verdadera imagen de lo que es nuestro Padre y nuestra Madre.

 

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