Por qué deberímos escuchar las enseñanzas de la Iglesia sobre la anticoncepción

Había una vez un chico de 10 años. Él era gordo y estaba hambriento. Un día, mientras andaba por la casa, vio una rebanada de pastel sobre la repisa de la cocina. El estiró su brazo, la tomo, y estaba a punto de introducirla en su boca, cuando un hombre anciano irrumpió en la cocina y grito, “¡Para!” Entonces, el niño gordo de diez años se detuvo. “No deberías comer eso”, dijo el hombre anciano, “no deberías comer  pues si lo haces, tus piernas se empequeñeceran, tu pelo se volverá gris. Y tú te convertirás en un niño pequeño  malo y amargado, condenado a esparcir miseria por donde quiera que vallas.”

El niño ignoró al hombre y comió el pastel.  El hombre gruñó y se fue.

Unos días después, las piernas del niño se encogieron, su cabello se volvió gris, y el creció –mas bien, comprensiblemente- muy miserable. El hombre anciano lo visito de nuevo. “Toma esto,” dijo, sosteniendo un vaso, “y tus piernas volverán a crecer, tu cabello recobrará su color, y tu miseria terminara.” El chico miró dentro del vaso. “No,” dijo. “no lo haré. Tú no sabes lo que es mejor para mí, anciano.”

En 1965, la anticoncepción fue legalizada en los Estados Unidos. En 1968, para el desaliento del mundo, la Iglesia reafirmaba sus enseñanzas contrarias al uso del anticonceptivo. Ella dijo, en la Humanae Vitae, que:

Los hombres rectos podrán convencerse todavía de la consistencia de la doctrina de la
Iglesia en este campo si reflexionan sobre las consecuencias de los métodos de la regulación
artificial de la natalidad. Consideren, antes que nada, el camino fácil y amplio que se abriría a la
infidelidad conyugal y a la degradación general de la moralidad. No se necesita mucha
experiencia para conocer la debilidad humana y para comprender que los hombres,
especialmente los jóvenes, tan vulnerables en este punto tienen necesidad de aliento para ser
fieles a la ley moral y no se les debe ofrecer cualquier medio fácil para burlar su observancia.
Podría también temerse que el hombre, habituándose al uso de las prácticas anticonceptivas,
acabase por perder el respeto a la mujer y, sin preocuparse más de su equilibrio físico y
psicológico, llegase a considerarla como simple instrumento de goce egoístico y no como a
compañera, respetada y amada.

El mundo ignoró a la Iglesia, burlándose de ella, poniendo a sus mujeres en la anticoncepción. Hoy, tenemos los más altos índices de divorcio que jamás se hallan dado, más familias rotas que programas de asistencia social para hacerse cargo de sus niños, y el estimado del 30% al 60% de individuos casados (en los Estados Unidos) caerán en la infidelidad en algún punto de su matrimonio. Las mujeres están más devaluadas que nunca, como evidencia la continua alza en el uso de la pornografía –que cuenta con 72 millones de visitantes por mes a páginas de internet pornográficas, además de un 90% de niños de entre 8-16 años han tenido contacto con pornografía hardcore- y el uso corporativo generalizado de mujeres con el propósito de  vender prácticamente todo utilizando sus cuerpos. Y a pesar de haber sido liberadas de sus úteros logrando así poder trabajar como hombres, relacionarse como hombres y vivir como hombres, las mujeres son más miserables que nunca. Valla sorpresa.

Tomando en cuenta las bien profetizadas palabras de la Iglesia con respecto a las consecuencias que traería la amplia aceptación del uso de anticonceptivos,  siendo totalmente reivindicada por la historia,  seguramente no está fuera de los límites de la razón el considerar escuchar a la Iglesia ahora, ¿no? Considerar la cura que nos provee,  a saber: Dejar de usar anticonceptivos y amar totalmente unos a otros. Así que considera mi desafío. Te reto a tomar el tiempo para escuchar la plática completa de Janet Smith: Contraception: Why not?. Notros despreciamos a la Iglesia por sus predicciones, ahora le debemos el escucharla pues esas predicciones se han realizado; ahora que las observamos día a día.

Sería solo una cosa si estuviéramos satisfechos. Si estuviéramos satisfechos, entendería la continua negativa de la Iglesia con respecto a la anticoncepción. Seríamos entonces felices paganos, revelándolo en nuestra cultura, felizmente rechazando el antiguo y aburrido intento de matar a la Iglesia. Pero somos miserables. Nuestras relaciones apestan. Nuestros matrimonios apestan. Ósea, por el amor de Dios, si estamos educando a nuestros adolescentes en nuestro pervertido y desesperado intento de regresar lo emocionante al sexo, claramente estamos dejando de lado su genialidad.

Por cierto, es una gran alegría estar en contra de la cultura en estos asuntos. Como Chesterton dijo: “Un pensamiento muerto puede ir con la corriente, pero solo un pensamiento vivo va en contra.”

Original en BadCatholic Blog

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