Aprendiendo de un árbol

Hoy tuve una maravillosa oportunidad, un regalo de los que nunca olvido y que encienden mi corazón al meditar sobre ello: hoy dormí bajo un alto árbol. Una de las cosas que mas disfruto en este mundo y que pocas veces tengo la oportunidad de disfrutar. Si algún día tienen la oportunidad, háganlo.

Pero regresando, digo que aprendí de un árbol algo que en ocasiones olvido, mas en este mundo cada vez mas extraño y hostil. Lo que aprendí fue observar a Dios en las cosas que Él a creado. En la belleza de todo cuanto existe. En los pequeños detalles que en ocasiones dejamos pasar sin saber de lo que nos perdemos.

En teoría, en esos momentos debí de estar teniendo una pequeña meditación personal (he ahí la razón de buscar sobra para realizara) pero he de admitir que el sueño me ganó por momentos en los cuales dormité. Sin embargo, Dios me dio una buena lección de esos momentos de inconsciencia (nunca pierde la oportunidad de hacerlo) y de confusión entre la realidad y la fantasía.

La dicha de escuchar su voz en el viento, de sentir su caricia en los rayos del sol y de escuchar su llamada en el repique lejano de una campana llamando a sus fieles fue lo que elevó mi pensamiento porque no es algo que acostumbramos en el día a día, y menos en la modernidad que cada vez no roba mas y mas tiempo sustituyéndolo con vacuidades innecesarias.

Lo que aprendí en este fin de semana o mas bien, que recordé, es que lo creado esta para ser dominado y ponerlo en función de Dios y de nuestros hermanos; para ver en su belleza un reflejo de Dios mismo. El mundo, en cambio, nos enseña que nosotros valemos en función a lo que poseemos, que las cosas traen felicidad, sustituyendo todo aquello que es hermoso de la dimensión espiritual del hombre con un burdo materialismo seco, haciendo así que las cosas se vuelven nuestros dueños y nosotros en sus esclavos, subyugando todo nuestro mundo en favor de poseer mas y mas cada vez.

Pero entonces llega un árbol, algo que no poseo, algo independiente a mi y que no me ata a su empleo, o a su simple posesión y que me incita únicamente a resguardarme bajo su sombra tan gratuitamente ofrecida, y me enseña la manera en las que las cosas alaban a Dios. En como nos hablan de su Creador día con día, y de como los olvidamos con tanta facilidad.

Y es que no hay placeres tan grandes y tan simples como el observar un amanecer o un atardecer, sentir el viento en la cara o la lluvia sobre nuestras cabezas, o disfrutar del fresco pasto bajo nuestros pies, y que ademas de todo son totalmente gratuitos. No es necesario, me dicen, poseer todo el mundo, pues lo único que importa es disfrutar, y el verdadero disfrute esta en Aquel tan poderoso como para crear algo tan hermoso solo para disfrute del alma, sin recargos ni intereses.

Definitivamente, ese árbol me dio una buena lección este día, ahora queda en mí aplicar lo aprendido: aprender a manejar lo creado en favor a otros y no dejar que estos me manejen, predicar sobre la belleza que hay tras todo lo material y todo lo egoísta, en el espíritu real de las cosas (que es ese sentido de alabar las maravillas de Dios), y que ha sido corrompido para transformar un medio en el fin. Porque, al final de todo, lo creado es solamente un medio para llegar a Dios y llevar a Dios, y no es el fin en si mismo.

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