¿Que somos, Señor?

¿Quén es el hombre, Señor

para merecer tan gran Salvador?

Nuestras culpas arratramos tras nosotros

y nos congraciamos del mal que hacemos.

Somos presa de matadero, destinados al fuego,

y Tu nos conviertes en benditos entre los altos.

 

¿Qué es el hombre, Señor,

para merecer tu mirada?

Con impureza reflejamos en nosotros, Señor,

los deseos inicuos de nuestro corazón

y con palabras de odio y rencor

mancillamos tan hermosa Mansión.

 

¿Que ves al hombre, Señor,

para habitar tan completamente en el?

Nuestro templo es presa de sacrilegio

y somos partícipes en su deshonra

enlodando los santos jardines

por los que su Majestad se recrea.

 

¿Que tiene el hombre, Señor,

para encontrar tu Infinito amor?

En oscuros callejones nos arrinconamos

con deseos malditos para el alma

y desde las almenas de nuestra miseria

lanzamos dardos para envenenarnos unos con otros.

 

Somos miseria y maldad, Señor,

porque elegimos el lodo y la basura.

Tu nos obsequias la perla preciosa

y, oh terrible absurdo, con cuanta estupidez la rechazamos.

Tu nos das al Reino y nos volteamos hacia el mundo,

nos regalas el perdón, pero nos mantenemos en el rencor.

 

Pero, Señor mío, no apartes nunca tu mirada

pues eres quien nos levanta de esta inmundicia.

Eleva tu voz sobre nosotros

para que podamos encontrar la luz de tus santos ojos.

Oh Inefable, Causa Incausada, Principio de Eternidad,

no dejes desamparada a tu criatura

pues el Mal es apremiante y tu siervo débil.

Antes bien, recógenos Señor y llevanos por caminos santos.

 

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