Ideas sobre la Teología del Cuerpo II

Del primer relato de la Creación, audiencia general del 12 de Septiembre de 1979.

En el primer relato de la Creación, la aparición del hombre recibe una connotación especial de cara al resto de lo creado: comparte la corporeidad de los animales, las plantas y lo existente en el mundo físico, pero también es llamado a la semejanza con el Creador, el único entre todas las obras de Dios. Con esta vocación especial, el humano queda, en un sentido, por siempre separado del mundo.

El humano pasa a comprenderse como espíritu (a imagen de Dios los creó) y como cuerpo (procread y multiplicaos), por lo que ya no puede reducirse a una u otra naturaleza, sino que sólo se comprende en la convergencia del cuerpo y del espíritu. Su fin, pues, desde el inicio, tiene un doble fin: el físico y espiritual.

Las relaciones humanas deben comprenderse, pues, desde estas dos perspectivas. No se pueden reducir a mecanismos biológicos para la preservación de la especie ni se puede leer en un código extricamente escatológico.

 

Del segundo relato de la Creación, audiencia general del 19 de Septiembre de 1979.

En el segundo relato, la figura humana adquiere tonalidades cosmológicas. En él, tanto el hombre como la mujer se presentan con una misma esencia (carne de mi carne), compartida con el Creador y que les confiere algo de divinidad. A su vez, se les muestra en un estado pretérito de ignorancia e inocencia original. Este estado debe recalcarse. Se encuentran en la ignorancia del bien y del mal, pues aún no hay una disrupción con el estado deseado por Dios; y de esta ignorancia se deriva la inocencia, que se manifiesta en la ausencia de vergüenza, y que tiene su máxima expresión en la copenetración de cuerpos y almas que aún disfrutan Adán y Eva, lejos de la sobra de la división ocasionada por el pecado.

Pero a pesar de que llega la Caída y este estado original se pierde, los imperativos establecidos en dicho estado permanecen, si bien deformados por el pecado. Por eso, la intervención de Jesús no se remite al estado de pecado, sino al de la inocencia original. Es desde este estado revelado de que se debe partir para comprender la teología del cuerpo.

Ideas sobre la Teología del Cuerpo I

De los fundamentos de la familia cristiana, audiencia general del 5 de Septiembre de 1979.

La familia es una comunidad de vida humana y cristiana fundamental. Su naturaleza es ser  unión, compañía, y su fin es el bienestar del hombre como ser social y como ser religioso. Su carácter está definido desde el principio: en el plan divino se dispuso la complementariedad de los cuerpos y de las almas, hombre y mujer los creó (Gn 2, 4) y la indisolubilidad de su unión, serán una sola carne (Gn 2, 24).

Esta es la disposición original a la que se orientó al hombre, no como una norma legal, sino como la culminación lógica del plan divino. Su tono normativo deviene de las palabras de Cristo a los fariseos, lo que ha unido Dios, que no lo separe el hombre (Mt, 19, 6), pero sólo se entiende en el contexto completo de sus palabras. Al contestar a los fariseos, Jesús no se remite a una serie de normas establecidas, como lo serían los pasajes de Deuteronomios, Números o Levítico, sino a una disposición original: en el principio (Gn 1, 1). Todo trasfondo necesario para comprender sus palabras se encuentran encerrados en el hecho de que Dios dispuso al hombre para vivir como complementos.

El orden mismo de los acontecimientos donde se vislumbra esta disposición es importante para comprender la normación.

  • Dios crea al hombre. De un acto de amor desbordante viene la existencia, y Dios se coloca a sí mismo en el centro como orden y medida de lo creado. Cuanto existe, existe por Él y para Él, pues hacia Él se dirigen todos los caminos.
  • Los crea a imagen de Dios. El hombre no es el resultado de un experimento, sino de un moldeamiento. Tiende al bien por su semejanza a Dios, y también puede optar al mal por esa misma semejanza. La libertad del hombre es absoluta como absoluto es el Amor. Así pues, el hombre descubre su medida en el Amor que crea, que comparte y que se deja compartir.
  • Hombre y mujer los creó. Crea a la humanidad con la potencialidad de vivir la afinidad y la complementariedad. No es una cuestión de costumbres sociales que establecen límites entre lo masculino y lo femenino, sino algo más profundo que nos hace entregarnos de formas diversas, pero complementarias, y que nunca se limitan a los roles establecidos por lo social.

Este orden establecen la naturaleza del hombre y de sus experiencias: es un ser creado, creado a imagen de Dios y creado para la unión con las demás creaturas y con su mismo creador. Es de esta realidad desde la que se debe estudiar toda relación entre humanos, y por eso no puede agotarse en uno  u otro tipo de expresión.

Así pues, de esta primera audiencia se pueden desprender los siguientes puntos:

  • La familia humana, entendida desde la cosmovisión cristiana,  es una comunidad de complemento que nace de la unión de los cuerpos y las almas que pasan a ser una sola, y que desbordan el amor creador de Dios. Esa es la raíz principal de la familia y sobre ella se construye su idiosincrasia, y se santifica en el sacramento matrimonial.
  • Esta definición puede “agotar” el carácter del matrimonio como sacramento, pero no la totalidad de las experiencias humanas, que sin embargo deben interpretarse a la luz de estos principios.

Sólo en el dolor de los hombres…

Recuerdo que, siendo más joven, me tocó ir a visitar una casa destinada para enfermos de SIDA. Era un edificio sencillo que aún forma parte de una institución dedicada a ayudar a personas que viven en la miseria. Tengo graba en mi cabeza la imagen de esos hombres consumidos por su enfermedad, con el horror del final marcado en sus rostros y en sus cuerpos disminuidos. Hoy me pregunto qué habrá sido de ellos, quién habrá estado junto a sus lechos en las últimas horas y si se habrán ido en paz o en desesperación.

No podría decir que pensé entonces, pero el recuerdo ha estado conmigo desde ese día, quizás no consciente, pero ha estado ahí. Y recuerdo también que, al salir de esa casa, pasamos junto a otra sección de la institución, está destinada a madres solteras que habían escapado del infierno en el que habían vivido durante años, más por sus hijos que por ellas mismas. En una de las dos casas, recuerdo ahora, había una habitación especial: un cuarto destinado para una mujer y para su hija de brazos, ambas enfermas de SIDA. Una criatura destinada a una muerte terrible desde antes de haber nacido.

Una historia que se repite, que se ha visto mil veces y que se volverá a ver.

Dicen que nosotros, como católicos, tenemos la misión de vivir el amor y hacer que el amor se viva. A veces creo que olvidamos que el amor no son los monigotes en los que hemos convertido a Dios en un intento por domesticarlo a Él y a todo lo que conlleva, de mutar ese amor que quema en uno más romántico, más simplón y menos comprometido. Un amor que no obliga, que no confronta y que no acusa.

Recuerdo a esa bebé ahora, después de haberla olvidado durante años, y no creo que una sola vez pasara por mi cabeza la idea de siquiera rezar por su alma. Y así como ella, son cientos las almas sin rostro con las que me he topado y a las que jamás volví a dedicar un sólo pensamiento una vez que salieron de mi vida. Todas almas que sufren. Almas que se duelen. Que claman a un Dios que no conocen y al que le piden misericordia y amor.

Pero nuestro amor ya no es ese fuego que quemó al mundo con su mensaje. Nos hemos conformado con algo más sencillo, más cercano. Ya no estamos sucios por atender a los necesitados, ya no sufrimos con ellos, ya no vertemos lágrimas al dolernos junto con ellos. Somos una generación entumecida al dolor de los demás, pero reconfortada en su activismo, en su ilusión de ser útil, y ya no nos acercamos a esa fuente de amor porque sabemos que seremos juzgados insuficientes.

Tanto amó Dios al mundo… Dios, creo, sólo se puede entender en esa frase de San Juan. Dio su vida para que nosotros no la perdiéramos, para que nuestro destino no fuera el horror de la muerte, tanto de cuerpo como de alma, y cada uno de sus dolores es un reflejo del dolor del mundo que Él hizo suyo para librarnos de su atadura. Por eso, a Dios lo encontramos en el dolor de su pueblo. En el horror de sus vidas. En la miseria por la que transitan: porque ahí vertió su amor. La fuente a la que no nos atrevemos a acercarnos se ha quedado ahí en donde no nos atrevemos a llegar.

Tantas veces hemos olvidado que vivimos en un mundo que sufre las consecuencias del pecado en su propia carne, y que todos nosotros somos partícipes de ese dolor, ya sea al sufrirlo o al infringirlo. Cuando ignoramos al necesitado, no por no darles dinero o comida, sino porque les negamos la mirada o nuestra voz, nosotros introducimos dolor al mundo. Cuando juzgamos la decencia de una persona y ponemos en duda su virtud, nosotros introducimos el vicio al mundo. Cuando burlamos al homosexual o despreciamos al que es diferente, nosotros introducimos el odio al mundo. Cuando negamos el amor para que el que fuimos hechos a los hombres, nosotros introducimos el pecado al mundo, pues dejamos a Dios fuera de él, y donde no está sólo hay pecado.

Creo que la única forma sincera de alcanzar a Dios es a través del dolor de las personas, porque sólo en ellas volveremos a encontrar ese amor que quema con intensidad. Pero hay que entrar profundo en el dolor de cada persona, no a través de una caridad bonachona que se encarga del cuerpo y atiende al alma desde lejos, sino por medio de una donación total, sincera, que duela; a través de un amor oblativo, un amor divino como el que dejó todo lo que es y todo lo que tiene en la cruz para confortar a los caídos.

Se me ocurre que nosotros mismos debemos clavarnos en la cruz junto con Él por la locura de un amor sin medida, un amor que logrará incendiar al mundo entero. Un amor capaz de redimir todos nuestros corazones y de curar todas nuestras heridas.

La Pieta - Gustave Moreau

Laudes

Viene la noche silenciosa

envuelta en sudario y mortaja,

viene blanca y serena

a reclamarme el alma.

Viene con ella, deforme,

tropezando con sus carnes hinchadas,

una bestia de mil dientes

a reclamarme el alma.

Cantan ambos alegres,

cantan mis grandes hazañas,

cantan mis penas y malas,

me cantan, me duermen, me atrapan el alma.

Ya viene la muerte bailonga,

viene lenta y viene rápida,

viene que bailan sus calzas,

viene que arrastra las patas,

la atiza el dulzor de mi alma.

Ya baja desde las montañas,

reclamando su botín ella anda,

lo tomará de mis alforjas, de mi talega,

y me sacará del pecho el alma.

Día

Temprano, sin sol de mañana,

perdido me hallaste, sin camino escogido

en senderos desconocidos,

sobre aguas de turbulentas marejadas,

en las aguas de tus océanos

que exploré sin navío y sin velas blancas.

 

Ya con sol de alba, azur su canvas,

mis palabras calladas pintaste cálido

sobre nubes blancas, lejanas,

antiguas nubes de cielos innominados

que en viento de mar navegan

llevando consigo mis silencios dormidos.

 

En tarde de purpurea brisa,

con las nubes encendidas de amarillo

y la bóveda envinada,

silencioso liberas tus necios tañidos

sobre naves desviadas,

sobre náufragos cautivos de tus caminos.

 

Solo, en la noche de luna

desvanecida, con luceros errabundos,

tranquilo miras desde arriba

al medio hombre que quedó tras el día, herido,

por las saetas de tu boca

fulminado y a la deriva, extraviado.

Ship

Muéstrate

No escuché tu voz esta noche,

no la oí al susurrarme los vientos

o al abrir la ventana al alba

ni al acostarme pronto de noche

para en sueños buscar tus anhelos

y de mañana hallar tus pisadas.

 

Cual fuego fatuo,

cual luna menguante,

rápido pasas,

sin don ni palabra,

cual raudo asteroide,

cual ánima áurea.

 

Desvélame tu rostro esta noche,

que errabundo, de ti no me desvíe,

y que seguro, en ti encuentre asilo.

Abbey in an oakwood

Strela do Dia

Mírame, dulce Estrella, que con clara luz iluminas la seda. Tuyo es este siervo asustado, este chiquillo de cuna que no conoce ni ha visto al que es Bueno. Si tú me miras, entonces Él me mirará, y si Él me mira, entonces ¿a qué temeré? Por eso, no me apartes de ti ni me dejes desamparado. No me abandones en el desierto de los días. Antes ámame como a hijo tuyo, como una madre; cántame para que duerma, acúname en tus brazos y dame seguridad.

El día que lo vi a los ojos me dije a mi mismo: “No seguiré a ese Dios, no seré siervo suyo. Sobre mí no irán los yugos de otros.” Luego lo abandoné. Aparté mi vista del Pan que da vida, desvié mi pensamiento y dije “no” a su voz. Cerré mis brazos, cerré mi corazón, y no lo acepté más a mi lado.

Y ya sin él, nada entendí. No supe que es el hombre ni porqué vive, no comprendí quien es el Dios que dijo murió por mí, olvidé mi nombre y mi camino. Lo odié entonces pues no podía amar al mundo ni a sus personas, y para no amar primero hay que odiar al Amor mismo.

Pero a ti te vi y no te odie ni te rechacé. Mis ojos cansados miraron los tuyos siempre llenos de ternura y de dolor. Sentí en mi alma tu caricia materna, tu amor eterno, tu dulce canto calmando las mareas del corazón. Eras el único faro en medio de una noche profunda, cuando yo iba a la deriva en un mar de inquietud y de olvido. Y si aún podía amarte, ¿cómo podría odiar a quien en tu corazón reina? Pero te amé e intenté olvidarte, desvié la mirada aun sintiendo tus ojos en los míos,  y así anduve en el profundo mar guiado por una estrella solitaria rodeada de oscuridad.

Y detrás tuyo, en la noche oscura y dolorosa, lo escondiste a Él, que nunca abandona. Y Él estaba en mi aliento y en mi dolor, y no se fue. Silencioso aguardó a la costa, guiando mi barca perdida.

Strela do dia mostra-nos via pera Deus e nos guia.